Ella extenderá “El Mercurio” muy temprano sobre la mesa del desayuno, pero apenas va a leerlo: su cabeza estará en otra parte. El café le sabrá amargo, aunque le ponga endulzante. Hablará lo mínimo y con aire distraído. No necesitará repasar su mesa y lugar de votación, pues los conoce de memoria: la 153M del Colegio Teresiano. Tampoco dedicará tiempo a pensar qué dirá ante las cámaras. Lo ha hecho muchas veces: alabará el sentido cívico del pueblo chileno, destacará el orden en que se está llevando a cabo el proceso, y formulará un último llamado a los chilenos y chilenas para que concurran a votar, como si sus palabras pudieran influir en algo en una decisión que ya está tomada.

Saldrá de su casa con Haydée Rojas, su jefa de prensa, y verá a la gente que se encamina a votar, con una solemnidad que tiene algo de litúrgica. La misma gente que hace cuatro años votó por ella con entusiasmo, hoy, decepcionada, apoyará a su más enconado adversario.

Entrará al lugar de votación y agradecerá los pocos aplausos que reciba, porque al menos serán sinceros. Cumplirá un ritual que ha repetido en numerosas ocasiones, pero lo hará con un sentido distinto, con el talante de una espectadora y ya no como protagonista. Votará por Guillier para Presidente, y por su prima Vivienne, o quizá por Atria, para la Cámara. Ya en el auto, hablará por teléfono con un par de ministros, su fiel escudero Fernández y su amigo Eyzaguirre, aunque no haya mucho que decir. En todo caso, no será un acto vacío: necesitará oír la voz de quienes la acompañaron hasta el final.

Seguramente pensará en Nueva York, cuando todo era tan distinto y parecía muy fácil. Ella era entonces el centro de la política chilena, y sus calculados silencios valían más que todo lo que los demás pudieran opinar. Hoy, en cambio, hablará poco, sabe que a casi nadie le interesa lo que tenga que decir. Su tiempo habrá pasado.

Hoy no estará sola. La acompañará una pregunta desde temprano en la mañana; la seguirá en el desayuno, en el auto y frente a la urna de votación. Es una pregunta insistente e incómoda: “¿Qué hice mal?”

Debe ser duro conseguir una votación envidiable, contar con la mayoría en el Congreso, haber gozado de una popularidad sin precedentes, y que todo eso la haya llevado, probablemente, a entregar el país a la derecha. Como en las tragedias griegas, donde la acción de los personajes para huir del destino no hace más que precipitar su cumplimiento. Ya Piñera había corrido una suerte semejante, aunque en sentido inverso. Pero su caso es más doloroso. Ella era la amada, la única, la que comprendía los anhelos más profundos del pueblo chileno. Además, ha sufrido dos veces el mismo fracaso: la primera, representando a la Concertación; ahora, bajo el formato de la Nueva Mayoría.

¿Qué falló? ¿Fue solo el desdichado episodio de Caval? Parece que no: ya antes había comenzado a mostrársele esquivo el afecto popular. Ahora las encuestas han mejorado un poco, pero ella no se engaña: es el cariño de la despedida, como las alabanzas que se prodigan en un funeral, cuando todos saben que no hay riesgo de que el muerto vuelva a hacer de las suyas.

Hoy será su momento de recuerdos. ¿Dónde estará Peñailillo, la primera víctima de esta historia? ¿Qué pensará Lagos, cuya figura ha crecido en este naufragio, en la misma medida en que otros, ella incluida, se achicaban? Y todavía faltan cuatro meses, cuatro larguísimos meses, donde habrá que hacer lo imposible para huir de la irrelevancia.

¿Fueron buenas las ideas y mala su aplicación, como piensan los creadores del otro modelo? ¿Se trató únicamente de un defecto en la comunicación, como sostienen sus asesores, que impidió que los ciudadanos percibieran las ventajas de unas transformaciones que en verdad los beneficiaban?

¿O tendrán la razón quienes dicen que ella simplemente no supo leer lo que estaba pasando? ¿Será verdad que Pinochet, Aylwin, Frei, Lagos, Piñera y ella misma en su primer gobierno transformaron de tal modo al país que ya no existen esas hordas populares deseosas de cambiar el sistema, sino tan solo grandes masas de consumidores que sencillamente quieren gozar de mejor manera los beneficios del mismo? Si fuera así, ¿cuál sería su legado? Ella está convencida de que, a pesar de todo, ha movido ciertas fronteras de una manera irreversible. ¿Cuáles son? Una gratuidad maltrecha, una ley de aborto y una reforma tributaria de dudosa eficacia. El problema para Bachelet es que con eso no se pasa a la historia. Únicamente da para ser un accidente en un camino que va en otra dirección.

/Columna de Joaquín García Huidobro para el diario El Mercurio

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