Todavía semi viva la noche del 19 de noviembre, no resulta fácil realizar análisis sobre los resultados de las elecciones presidenciales. Sin embargo, al amanecer brillan rayos de luz que permiten esbozar algunas hipótesis interpretativas. En particular respecto a la derecha y la centroderecha.

Abundan los comentaristas sorprendidos por la buena votación alcanzada por José Antonio Kast (8%), un candidato que comenzó su campaña con pocos meses de antelación, registrando en las encuestas un bajo nivel de conocimiento, con escasos recursos económicos, sin el apoyo de estructuras ni maquinarias partidistas y con la reticente recepción de algunos importantes medios de comunicación. Extrañeza todavía mayor puesto que, según las denominaciones utilizadas machaconamente por aquellos, se trataría de un postulante de “ultraderecha” o de “derecha conservadora” destinada, pareciera, a contar con un apoyo ínfimo en la ciudadanía. Y, para colmo de sus incredulidades, sabiendo que Kast pudo haber superado el umbral de los dos dígitos, tal vez con largueza, a no mediar (aparte de las encuestas) una estrategia comunicacional desplegada por su contendor de centroderecha llamando al “voto útil” -para sus intereses se entiende- dirigida a un electorado históricamente asustadizo y, por lo mismo, presto a dejar sus débiles convicciones de lado a cambio de cierto grado de esperanza de seguridad (¿de qué?, tema digno de otra columna).

Más allá de las apelaciones a lugares comunes, entre los analistas no parece ser percibido el fondo del fenómeno. Esto es, qué encarna realmente Kast. Representa principios sólidos y fundamentales que no está dispuesto a transigir por unos sufragios más. Los valora profundamente y los defiende con auténtica convicción. Hace gala de sentido común, tan difícil de hallar en estos tiempos, hecho que lo conecta con la vida cotidiana y las necesidades de las personas. Es ejemplo claro de que en política es posible sostener posiciones y esgrimir argumentos ante los adversarios sin recurrir a la agresividad, la falta de respeto o la mala intención. Es educado y amable en el trato con todos. Hecho, este último, que no le impide decir la verdad sin ambages ni ambigüedades. Es sincero, transparente como se dice actualmente. Destaca por su honradez y probidad, ellas no están en tela de juicio (evidentemente no todos los políticos pueden afirmar esto) tanto en el plano judicial como, aún más importante, en el moral. Es una persona sencilla (no simple). Desencantado y cansado de luchar con el establishment de su sector y expartido (UDI), tuvo el coraje para dejar su tienda política con el propósito de intentar seguir actuando en la esfera pública según le dictaba su conciencia.

En fin, le pareció mejor el riesgo de quedarse solo y tener que rearmar equipos que instalarse a perpetuidad en un sitial de “coronel” dentro de su antiguo partido para asistir a la gradual, aunque persistente, decadencia de aquel. Esto es lo que aprecian sus electores actuales y potenciales (y no pocas veces sus contrincantes y entrevistadores). No parece tan difícil de advertir si se utiliza un prisma que permita incluir más aristas que las proporcionadas por la economía, el cálculo y la ceguera que genera el apego al poder.

/Columna de Álvaro Pezoa para el diario La Tercera

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