La segunda vuelta electoral no solo es diferente a la elección presidencial del pasado domingo, sino también de las elecciones presidenciales de los últimos 28 años. Porque a diferencia de lo que ocurría cuando el país elegía entre Ricardo Lagos y Joaquín Lavín o Eduardo Frei y Sebastián Piñera, esta vez Chile se encuentra en una encrucijada donde se enfrentan dos alternativas casi diametralmente opuestas, encarnadas por el expresidente Sebastián Piñera y por Alejandro Guillier.

Digo esto por las siguientes razones. En primer lugar, las biografías de los candidatos. Piñera cuenta con la vasta experiencia de haber dedicado los últimos 27 años al servicio público, como senador, presidente de partido y Jefe de Estado. Una trayectoria que contrasta con la reciente llegada a la política de Guillier en 2013 como senador y su actual incursión como candidato presidencial.

Como expresidente, Piñera tiene muchos logros: bajo su gobierno se puso de nuevo en pie un país, materialmente devastado por el terremoto del 27-F, se redujo casi a la mitad la pobreza, disminuyeron las desigualdades y se crearon más de un millón de empleos, 60 Liceos Bicentenario de Excelencia, entre otras obras. Esa capacidad ya demostrada para dirigir un país también se contrapone con la inexperiencia de Guillier.

En segundo lugar, Piñera y Guillier representan proyectos de futuro muy diferentes. Mientras Piñera propone un desafío republicano y convocante como es llevar adelante una segunda transición, ahora para alcanzar definitivamente el desarrollo, Guillier no solo reivindica las reformas de la Nueva Mayoría -rechazadas por el 70% de los chilenos- sino que además manifiesta su voluntad de continuarlas y profundizarlas, lo que todos sabemos que significarían cuatro años más de estancamiento.

En tercer lugar, los resultados de las elecciones parlamentarias cambiaron profundamente la correlación de fuerzas entre los partidos oficialistas. La caída de la DC y de los partidos exconcertacionistas junto al significativo crecimiento del Frente Amplio, se traducen en el debilitamiento de las posiciones más moderadas y de centro, y en el consecuente fortalecimiento de la izquierda más radical, sector que sin duda tendrá la llave de la gobernabilidad en caso de triunfar Guillier.

Por lo anterior, aunque el Frente Amplio se excluyera de un eventual gobierno Guillier, presionará por imponer su agenda refundacional que no es otra que la sustitución del actual modelo social de desarrollo por el “otro modelo”, es decir, aquel donde el Estado se empodera socavando las libertades de la sociedad civil y aumentando su control sobre la educación, la salud, la economía y la cultura.

Más que un cambio de gobierno, el 17 de diciembre Chile se juega la posibilidad de ser un país con más y mejores oportunidades de progreso social para chilenos e inmigrantes o de convertirse en uno más de aquellos donde cada vez hay menos expectativas de futuro para sus ciudadanos.

/Columna de Cristián Larroulet para La Tercera

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