Bachelet se apuró en invitar a Guillier a La Moneda para dejar establecido que hará todo lo que esté a su alcance, incluso en el límite de la ley, para que él sea su sucesor. Aunque el candidato obtuvo solo 22,7% de los votos, ella espera que todas las corrientes izquierdistas se unan para asegurar otro gobierno como el suyo. La voz de orden para ministros, subsecretarios y otros funcionarios es movilizarse para lograrlo. Y el poder de La Moneda puede usarse desaprensivamente.

El cuadro surgido del domingo 19 empezó a incubarse en octubre de 2014, cuando los discursos grandilocuentes del bloque bacheletista empezaron a chocar con la realidad y las “grandes reformas” a provocar la desaprobación mayoritaria de la sociedad, lo que no ha variado hasta hoy. El argumento de que los cambios profundos son valorados con el tiempo es la versión chilena de “la historia me absolverá” de Castro. Lo indesmentible es que el balance electoral de las fuerzas oficialistas concuerda con la persistente desaprobación al gobierno. Incluso si se suman los votos de Guillier y Goic, solo se llega a 28,58%. En la votación de diputados, la factura indica que la DC bajó de 15,5% a 10,3%; el PS, del 11,1% a 9,75%; el PPD, de 11,03% a 6,1%; el PR de 3,63% a 3,61%. Solo el PC subió de 4,11% a 4,6%.

Bachelet enterró a la Concertación e inventó un imbunche que no la sobrevivirá. Exacerbó las expectativas, sembró populismo y ahora disimula los resultados, sobre todo en la economía. Alentó una visión del cambio social en sintonía con las supersticiones de la izquierda refractaria a la historia, en rigor reaccionaria, que busca ansiosamente un sucedáneo del socialismo que se derrumbó. Con esa izquierda ha vibrado Bachelet. Mientras tanto, la corriente socialdemócrata ha pagado caro los equívocos y los acomodos.

El estrellato electoral del Frente Amplio (FA) le debe mucho a este gobierno. Sus líderes son hijos políticos de Bachelet, y no solo porque miran la sociedad más o menos como ella (la fascinación neoestatista), sino porque los ayudó a subirse al escenario, como les consta a Jackson y Crispi. La Mandataria les abrió la puerta del Ministerio de Educación para que lo usaran como laboratorio de sus proclamas. Ellos aprovecharon la oportunidad, y cuando las cosas empezaron a ir demasiado mal se marcharon con cara de inocentes. ¿Hay idealismo y sentido de justicia entre la gente del FA? Por cierto. ¿Tienen conciencia sus dirigentes de los errores que el país no debe repetir? Ninguna.

Bachelet quiere que Guillier y Beatriz Sánchez gobiernen juntos. Esa es la herencia política que le quiere dejar a Chile. Y en una de esas, lo consigue. Además, sueña con que la definición del 17 de diciembre sea una especie de referéndum sobre su mandato que le permita obtener un triunfo in extremis antes de irse a Nueva York.

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