Despejadas las incógnitas de la primera vuelta, el más o el menos de las cifras, el mayor o menor impacto del aerolito generacional -como el que les cayó a los dinosaurios este aniquiló a no pocos carcamales- constituido por el Frente Amplio y el cómo los perdedores caerían en los afectuosos brazos de Guillier, si acaso en menos de una hora como hizo el locuaz ME-O o en menos de un día como hizo la DC aún agitando los harapos de su particular versión de la ética y la “resiliencia”, cabe ahora examinar si el resultado de la segunda vuelta pondrá a Chile en una encrucijada, frente a caminos divergentes, uno de perdición y el otro de salvación o acaso, según como se mire, de avance o de retroceso. Y estando además el país dividido en aproximadamente dos mitades irreconciliables, lo que en teoría implica un enfrentamiento radical y por tanto decisivo, debiera entonces esperarse que el vencedor pueda y deba escoger uno de esos caminos y llevar a la nación hacia alguna parte, con suerte a la adecuada. Es la esperanza, promesa e ilusión de todas las Grandes Marchas. Sólo si hay movimiento se llega a algún destino y es humano hacerse la idea de que será al Paraíso, no al Infierno. Y sin embargo bien puede ser que el país no resuelva el dilema. Puede ser que ante esa bifurcación no se dé un paso hacia ningún lado. Es lo que sucede cuando en un conflicto suma-cero ningún bando puede vencer claramente al otro y luego emprender la triunfal caminata. En situaciones así los adversarios se inmovilizan como en una presa de lucha libre. En nuestro caso ese inmovilismo podría venir en dos versiones: en una de ellas el ganador -Piñera– sabe adónde ir pero no puede hacerlo debido a la resistencia del otro; en la segunda versión el victorioso -Guillier- está en condiciones de marchar, pero no sabe realmente adónde. En ambos casos el resultado es ni el Infierno ni el Paraíso, sino el Limbo político. Es la parálisis.

Futuro 
Por esa razón no pinta promisorio el futuro del país quienquiera sea gane en segunda vuelta. “Futuro promisorio” no significa próspero o boyante, sino sólo promete poder serlo; lo promisorio ofrece una probabilidad razonable de un buen final, pero no garantiza nada. Aun así despierta la esperanza de que “todo saldrá bien”, como siempre tiende a despertarla el sólo hecho de moverse; el cambiar de sitio suele dar la sensación o crear la ilusión de estarse abandonando un mal punto del espacio-tiempo y estarnos aproximando a uno mucho mejor. Si además se poseen ideas claras acerca de qué clase de puerto es aquel hacia donde se navega entonces la esperanza se convierte en optimismo y luego, con el tiempo, el optimismo se convierte en algo aun mejor, en fría fortaleza y resistencia para superar los obstáculos que aparezcan. Son esas circunstancias y estados anímicos los que hacen “promisorio” el camino o futuro que tengamos por delante. Eran las condiciones que predominaron después del triunfo de Patricio Aylwin.

Divisiones asimétricas

Pero hoy no se cumple ninguna de dichas condiciones. No hay una cohesionada y consensuada columna de creyentes en procesión hacia Tierra Santa y/o a la recuperación de la democracia, sino dos países en pugna dentro del mismo territorio, una nación escindida cuyas partes son incapaces de hallar ningún terreno común para lograr eso que hoy se ha convertido en un mito y para algunos incluso despreciable, los “acuerdos”. El país vive la clase de momentos, el penúltimo ocurrió en 1970, cuando los bandos piensan y sienten de modo tan fundamentalmente distinto que las negociaciones o son imposibles o son infructuosas o son insuficientes. Llegadas las cosas a ese punto empieza a predominar la lógica de la guerra total: imponerse al enemigo -ya no es más adversario-, anularlo, despojarlo de todo poder y llegado el caso aplastarlo. Es la lógica que manifestaba desnudamente el candidato Artés en su campaña.

Hay más; a diferencia del año 1970 los rivales no son equivalentes en términos de tener, AMBOS, claridad acerca de qué desean lograr y si es necesario, imponer. El sector que acompañó a Piñera y a Kast sabe perfectamente lo que NO quiere y también lo que SÍ quiere: básicamente -en el caso de Kast con algunos “extras”- quiere encarrilar al país más o menos en la dirección que traía durante los años de la Concertación. En cambio el sector que votó por Guillier o Sánchez o Goic o Navarro o Artés u Ominami es una tumultuosa y variopinta masa de ciudadanos de distintas generaciones con miradas políticas diferentes, repletos de desprecios mutuos y desconfianzas brutales, por todo lo cual sólo tienen en común lo que NO quieren, pero no lo que SÍ quieren, descontando del cálculo el pedestre deseo -que todos desean por igual- de seguir disfrutando o comenzar a disfrutar del poder y el privilegio. Tal es la naturaleza del “progresismo”, el vistoso nombre con que se ha bautizado a sí misma esta muchedumbre llena de rechazos a lo que existe y llena de presunción y, peor aun, confusión, acerca de qué debiera existir; es la suya una condición que a duras penas oculta su precariedad y obsolescencia intelectual con los gastados acordes de una momificada retórica y muchos alardes adolescentes. Se trata de un mal que afecta tanto al conjunto como a casi cada una de sus partes.

Para aumentar todavía más la dificultad que se enfrentarán para mover el país hacia alguna parte, el sector progresista -gracias al Alto Auspicio del gobierno- capturó el aparato del Estado en un grado como nunca antes se había visto, controla la mitad del Congreso, domina por intermedio del Partido Comunista los principales gremios laborales e influye con irresistible fuerza en las universidades y en los colegios, sitios donde una nueva generación, repitiendo sin saberlo un guión de medio siglo de antigüedad, han ya ensayado debida y prolongadamente los protocolos de la disidencia, las protestas, las tomas, las funas, las marchas, las huelgas, los paros y todas las demás exquisiteces del repertorio revolucionario adolescente-juvenil.

Parálisis
Todo eso augura una irremediable parálisis. Ni Piñera podría hacer mucho con una oposición feroz en el Congreso, la calle, los gremios y aun en el mismo Estado en manos de más de cien mil potenciales saboteadores puestos ahí por doña Michelle, pero tampoco un Guillier Presidente podrá hacer gran cosa debido a la reforzada oposición de derecha en el Congreso y sobre todo por las diferencias absolutas dentro de tan variopinta montonera, cada cual tironeándolo hacia su respectiva interpretación del Juicio Final. Por eso Guillier, si logra como es probable sumar suficientes votos para ser elegido, también inevitablemente sumará infinitas disidencias y contradicciones paralizantes.

Otro modo de describir lo que viene es hablar de “larga crisis”. No es exactamente lo mismo que parálisis, pero pertenece a la misma familia. La crisis es una variedad de parálisis definida por un hervor inmóvil que no alimenta ningún movimiento, suerte de colisión en cámara lenta que no termina nunca por consumarse, mientras la parálisis, a la inversa, es una variedad de crisis sin el hervor, fosca y tumefacta mescolanza de inanidades e invalideces. Sociedades hundidas en esa condición alternan entre ambas etapas, pasando de los inmovilismos estériles e inertes como los años de Breznev en la URSS a fases de conflicto igualmente infructuosos, como los años de Yeltzin en la misma URSS. El mínimo común denominador de ambas es el letargo económico, el desaliento, una pobreza insoluble y a menudo -esta vez considérese el caso de Venezuela– creciente y acelerada. Bienvenidos a Chile 2018-2021, el país del cero a la izquierda aunque gane la derecha.

/Columna de Fernando Vilegas para el diario La Tercera

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