El ambiente en la DC está altamente crispado. A pocas horas del desenlace electoral de primera vuelta, el Consejo Nacional de la Democracia Cristiana tomó la decisión de apoyar a Alejandro Guillier, que encabeza la coalición Fuerza de la Mayoría, cuyo “eje” está conformado por el PPD, PS y PC, lo que la convierte en un partido satélite de un grupo sobre cuyas acciones y decisiones tendrá muy poco control. No solo se trata de un apoyo sin condiciones; también con la conciencia de que en caso de un eventual triunfo de Guillier, corre el riesgo de incidir muy poco en las determinaciones más relevantes que adopte ese gobierno. En otras palabras, los recurrentes matices que han subrayado la DC o algunos de sus dirigentes para diferenciarse de sus aliados de coalición en el actual gobierno, pasarán a ser una suerte de visos muy tenues que no alcanzarán a nublar, ni siquiera con suavidad, la gama de rojos fuertes que embandera la coalición de izquierda.

Esta circunstancia solo tiene agravantes. El candidato Guillier, en su afán de sumar apoyos, ha consentido con prisa y algo de aventura algunas promesas al Frente Amplio, como condonar el CAE y terminar con las AFP, posiblemente sin analizar a fondo cuál sería el costo fiscal de lo primero y reviviendo a la retroexcavadora en lo segundo. Obviamente, esto ha desatado otro conflicto al interior de la DC, entre quienes están por el apoyo irrestricto y los que pretenden defender un mínimo perfil programático. Como de costumbre, este devenir de desencuentros será incesante y posiblemente resuelto a favor de aquellos que ostentan el poder de la cercanía ideológica al candidato o, dicho de otra forma, de los que son leales al “eje”.

La debacle electoral de la DC tiene parte importante de explicación en haber abandonado el centro político para integrarse al gobierno de la Nueva Mayoría, donde su rol se reflejó en matices y no en una influencia decisiva. Esto ha sido el resultado de cohabitar en una alianza donde las diferencias con algunos de sus integrantes, particularmente el PC, son insalvables. El costo de ese viraje a la izquierda fue la pérdida de una fracción relevante del segmento de votantes ubicado en dicho centro político. La adhesión a la campaña de Guillier acrecentará la distancia con ese electorado; esto hará que cualquier futuro regreso al centro político sea altamente complejo, más aún cuando en esa tarea ya hay partidos nuevos dispuestos a disputarlo con ahínco, tenacidad y toda la fuerza de una organización más joven. Por esta razón es factible que este viraje sea, al igual que su rol satelital respecto del “eje”, sin vuelta y definitivo.

En este marco, cobran sentido y valor las palabras de Eduardo Aninat, exministro de Hacienda, contenidas en su carta de renuncia a la DC: “Empieza a apagarse lenta, accidentada e inexorablemente la llama de la opción humanista de centro, que tanto contribuyó al país. Aquella que le dio a Chile estabilidad y progreso social decidido con líderes de la talla de Manuel Bustos, Bernardo Leighton, Eduardo Frei y Patricio Aylwin”.

/Blog de Álvaro Clarke para el diario La Tercera

/gap