Si alguien pensó que la segunda vuelta electoral -como un editorial de este mismo diario sugirió- sería un plebiscito acerca de la modernización de las últimas décadas, sobre si se persistía en ella o se torcía su rumbo, le debe haber bastado oír a los candidatos esta semana para advertir su error.

La segunda vuelta no será un plebiscito acerca de nada.

Parecerá una subasta.

En un plebiscito hay al menos dos conjuntos de ideas, incluso gruesas, que se confrontan y entre las cuales el electorado elige. Echando mano a esas ideas, los candidatos contrastan la imagen conceptual, algo más compleja, que les sirve de soporte.

En una subasta, en cambio, solo hay una puja, inspirada por una mezcla de ambición y audacia, para hacer cada vez una oferta mejor y más seductora.

¿No es eso lo que ha comenzado a ocurrir esta semana?

El primero fue Piñera.

A fin de obtener los votos que anhela, borró con patética prontitud todo lo que, con énfasis y con entusiasmo, sostuvo hasta ahora. La gratuidad, que hasta ayer rechazaba, ahora es posible en la medida en que el crecimiento de la economía lo permite (que es lo mismo que el proyecto gubernamental, al que se oponía, consagra). La ley de pesca (hasta ayer inobjetable) ahora debe ser derogada. La extensión del metro (que debía someterse a estudios de rentabilidad) ahora sería hasta La Pintana.

Y todo eso porque Ossandón -con esa voluntad irreductible que acompaña a la pureza de la ignorancia- lo exigió como condición previa para transferir los votos que subastaba.

Alejandro Guillier, por su parte, como acreditando que este es un síndrome de la política chilena y no un asunto idiosincrásico de uno de los candidatos, tuvo una actitud similar.

También él debió entrar en la puja. Y todo porque los dirigentes del Frente Amplio -vestidos con el brillo en los ojos y el entusiasmo de quienes creen haber abrazado la verdad- lo han desafiado a seducir a su electorado si quiere obtener la Presidencia. Y para hacerlo, con ese tono que no se sabe si es genuina vaguedad, ignorancia o simple astucia, Guillier sugirió la condonación del CAE y el fin de las AFP (aunque uno de sus asesores salió inmediatamente a desmentirlo).

Si bien lo que está ocurriendo en medio de esta puja es un fenómeno transitorio propio de la segunda vuelta y que consiste en dar a la minoría (a Ossandón en la derecha; al Frente Amplio en la izquierda) la ilusión durante al menos quince días de ser mayoría, también hay en este fenómeno algo de más hondura y hasta cierto punto irónico.

Y es que nunca una sociedad había manifestado mayores quejas contra el consumo y el mercado, y sus miembros considerado una ofensa que se les caracterizara como consumidores; pero nunca al mismo tiempo todos se habían comportado como si de veras lo fueran. La mejor prueba de esa conducta de consumo es que el significado de las ideas y las posturas políticas se mide, a contar del pasado domingo, por las cosas: el significado no antecede a las cosas, las cosas son las que anticipan el significado; el significado no orienta en medio de las cosas, son el tipo de cosas que se ofrecen (si gratuidad o no, si metro o no) las que permiten a la gente orientarse en medio de la competencia; no es ser de derecha o de izquierda lo que permite orientarse entre los candidatos, sino las cosas que estos ofrecen lo que permitiría saber a qué sector pertenecen.

Piñera y Guillier lo saben, y por eso -al margen de lo que ayer pensaban- ofrecen hoy esto y lo otro.

Todo lo anterior, por supuesto, no molesta a una sociedad cuyos miembros, cada vez más individuos, no anhelan que la política les oriente ni en la vida ni en la historia, sino que solo aspiran a que se cure el malestar que padecen para poder seguir enhebrando sus días.

Así es la cosa hoy día.

Y si no es así, si la política hoy es un plebiscito entre conservar y transformar, entre la crítica a la modernización capitalista y la afirmación de ella, si la política tiene hoy el rostro de una encrucijada histórica, ¿por qué entonces el comienzo de esta historia, el umbral del tiempo nuevo, adopta la apariencia ordinaria de una simple puja?

/Columna de Carlos Peña para El Mercurio

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