Apurados por el fin de año, a veces agobiados por sus problemas personales y, además, afectados por sus propias carencias, los chilenos simplemente no leen programas presidenciales.

No leyeron los ocho anteriores ni ahora van a leer la versión modificada de los dos en actual competencia. Pero se fijan; como el búho, se fijan.

Y sus miradas serán impactadas por esos pantallazos cautivantes que son los verbos. Verbos hay obviamente en todos los textos, pero en el proyecto presidencial de las izquierdas hay verbos muy significativos; y, parafraseando a Huidobro, los verbos, cuando no dan vida, matan.

Las izquierdas son muy toscas con sus verbos. No los cuidan, los emiten sin filtros; no son flores, sino flechas. No se piense que este defecto se fundamenta en una falta de atención; no, al revés: las izquierdas lanzan sus verbos venenosos convencidas del bien que harán. Nos han dicho que la violencia, como la lanza de Aquiles, cura las heridas que ella misma causa. La izquierda confía ciegamente en el poder de sus verbos: es la sustancia de la ideología.

Cuatro son las dimensiones en que se manifiestan.

Las dos primeras son cara y sello. Están, por una parte, aquellos verbos de las izquierdas que agreden directamente. Es la fascinación del conflicto la que se expresa en este conocido elenco: “controlar, denunciar, fiscalizar, frenar, combatir, derrotar, vengar, suprimir”. El problema es que en la vida práctica, eso termina significando en realidad “acorralar, mentir, denigrar, perseguir, frustrar, impedir…”.

Un tercer grupo, pequeño pero muy sustancioso, está conformado por los verbos que las izquierdas denigran y combaten. Son las actitudes vitales que les resultan completamente inaceptables, o en sí mismas o por la carga semántica de derecha que creen encontrar en esos verbos. Son simplemente tres y muy parecidos; son tres y muy estrechamente vinculados: “creer, crear, crecer”. Para las izquierdas, creer es fanatismo, crear es explotación y crecer es desigualdad.

Finalmente, un cuarto segmento está conformado por los verbos ante los que las izquierdas braman de furia y, por eso, los omiten. Solo cuando desde la otra vereda alguien los pronuncia, entonces las izquierdas tienen que salir a enfrentarlos, porque saben que no les conviene dejar el campo libre a sus rivales: se trata de “pensar, historiar, dialogar, reconocer, perdonar, acordar”. Son todos verbos -y sus consiguientes comportamientos- que por motivos comunes o diversos producen fiebre alta en las izquierdas. No los soportan, prefieren omitir toda referencia a ellos y, cuando buscan desacreditarlos, todas las armas están disponibles: ni perdón ni olvido y cárcel para los historiadores.

Los verbos de las izquierdas son tan constitutivos de su ADN que usan los mismos cuando son gobierno u oposición, cuando controlan gremios o cuando opinan sus intelectuales, cuando habla la presidenta, el candidato Guillier o los nuevos parlamentarios iconoclastas. Como lo importante es el movimiento, la acción, la energía puesta en escena, los verbos son funcionales a esa actividad, a esa lucha continua.

Ya de chiquititos, sus manos aprendieron a hacer los mismos palotes. Y aunque de mayores la letra se haya diferenciado, el lector puede concluir siempre lo mismo: tus verbos te delatan, eres de izquierda, zurdo. Te podrás pelear con otro izquierdista, pero tus verbos son inconfundibles: eres zurdo.

Poco importaría la cuestión si todo esto no fuera más que un problema literario. Pero no lo es. Algo similar a lo expresado por Marx, para las izquierdas chilenas de hoy solo hay una filosofía, solo un lenguaje: la praxis, esos verbos que son acción.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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