La beligerancia -gubernamental y partidista- que ha eclosionado ante un difícil pero nada imposible triunfo de Sebastián Piñera ha contagiado y exagerado el dilema que se juega el próximo 17. Este se expresa en la continuidad de nuestra lenta marcha hacia una democracia consolidada, o quedarnos en ese camino a medias que se instala indefinidamente en una etapa detrás de la modernidad, un puesto antes de la meta.

Lo que caracteriza a una democracia consolidada consiste en que en ella funciona la fórmula secreta, misteriosa, del consenso. No uno alcanzado mediante acuerdos explícitos de los que después se reniega (ni uno surgido de fórmulas autoritarias o totalitarias), sino el que se desprende de la práctica. Sucede cuando desde los dos polos -se ve mejor en el esquema izquierda/derecha, que aún mantiene cierta vigencia en Chile- se compite incluso para cumplir algunos objetivos del adversario a partir de un enfoque diferente. En el fondo se orientan a cumplir metas generales del país de acuerdo con su visión de país y el tipo de ideas y estrategias que cada una de las dos grandes tribus políticas del país, aun en coalición aleatoria, puede obrar en pos de un bien común o consenso. El horizonte que se despliega ante el escenario político es la competencia entre dramática y lúdica acerca de cuál fórmula nos acerca a lo que en cada época se considera el desarrollo económico y social. Es el corazón de la política moderna.

En Chile las cosas marcharon bien con la izquierda de nuevo cuño en el Gobierno y una fuerte derecha en la oposición, si bien esta última cooperando en algunos temas capitales o en momentos de crisis. Al cambiarse los roles en el 2010, Piñera pudo mostrar una administración exitosa en términos de lo que se exige razonablemente de un gobierno. En lo político, sin embargo -con oposición implacable-, apenas pudo capear un temporal y la derecha con arduo esfuerzo pudo superar otro 1965, cuando casi desapareció como fuerza parlamentaria. No fue lo único. También estaba exhausta la distribución de roles inaugurada en 1990, si por tal entendemos que toda fórmula política inexorablemente se desgasta; solo que debe volver a recrearse, renovando antiguas ideas con un soplo que las valide en el nuevo contexto.

En este cuadro, ¿por qué se debe elegir a Sebastián Piñera y a su coalición para que gestione y lidere en lo político al país por 4 años, como me parece que debe hacerse? Porque sus fuerzas están mucho más ordenadas e inspiradas -amén de que creen en su mensaje, al menos más de lo que el otro lado cree en el suyo- que lo que se observa en el panorama. Quizás el impulso al crecimiento económico no sea algo tan fácil de alcanzar como se insinúa. A cambio, su proyecto está más consciente de que lo debe acompañar por una voluntad específicamente política que encuadre la estrategia general. ¿Con qué fin? Porque hay que explicar al país de manera incansable que el camino trazado puede conducirlo a buen puerto; y que la derecha, tal cual en 1958 con Jorge Alessandri, puede presidir un período de paz y de robusta democracia política, aunque no caer en la autodestrucción, como entonces ocurrió al final de ese período; ni que una buena gestión y un mejor proyecto en economía política se haya frustrado por la carencia de un mensaje político, como en 1938 con Gustavo Ross.

Incluso una buena gestión de Piñera ayudaría a la centroizquierda a superar la confusión actual y renovar su derrotero anterior, en este momento caracterizado por la quema de lo que antes se adoraba, y porque los electores son volubles aquí y en la quebrada del ají. Esto se juega en estas elecciones, cuyo resultado se avizora muy ajustado.

/Columna de Joaquín Fernandois para El Mercurio

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