Los últimos minutos de esta campaña presidencial se asemejan a una final de la Copa Libertadores. El “todos contra Piñera” parece haber sido eficaz, y el candidato comete pequeños errores que sus adversarios se encargan de magnificar. Los refuerzos que incorporó al equipo no siempre han ayudado: consiguen, ciertamente, unos votos, pero al mismo tiempo espantan otros: quizá porque están pensando no solo en este partido, sino también en otro que se jugará dentro de cuatro años, y las estrategias no son siempre compatibles. En todo caso, está claro que no hay entre ellos jugadores capaces de dar vuelta el encuentro en los últimos minutos.

El público de centroderecha comenta, impotente, las incidencias del partido, y se apronta a ver una definición a penales. Le parece que no puede hacer nada, salvo comerse las uñas. Y ya no le quedan uñas que comer.

Profundo error.

Muchos electores de centroderecha siguen aplicando un esquema equivocado para analizar la actual elección presidencial. La ven como un partido de fútbol, donde unos sudan la camiseta y los demás observan angustiados. Ellos, que valoran el emprendimiento y la iniciativa individual, lo esperan todo de los Piñeras, los Kast o los Ossandones. Los liberales económicos se transforman en socialistas electorales.

Pero esto no es fútbol ni se gana con goles. Se trata de la política, de obtener varios millones de votos, y a esta altura de la competencia los votos no se consiguen de a montones, sino uno a uno. El candidato y su equipo ya hicieron todo lo que estaba al alcance de sus fuerzas. Estos últimos días de la elección no tendrán por protagonistas a las grandes figuras o a la franja electoral. La misión de conseguir esos esquivos votos que permitan un triunfo que Chile necesita imperiosamente no recae sobre los elefantes, tigres o jaguares. Es la hora de la gente de a pie: la hora de las hormigas.

Columna de Joaquín García-Huidobro para El Mercurio

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