Todos los candidatos presidenciales, más aún en balotaje, suelen hacer afirmaciones desafortunadas. Son “gafes” del oficio, dijo un presidenciable. ¿Quién no falla cuando lleva meses en competencia y bajo el escrutinio de la prensa y la opinión pública? ¿Alguien puede poner en duda que el trayecto recorrido por el ex Presidente Sebastián Piñera y el oficialista Alejandro Guillier (que no participó en primarias) ha implicado para ellos un descomunal desgaste mental y físico?

Tengo, no obstante, la impresión de que las afirmaciones desafortunadas de uno y otro difieren en su esencia y consecuencias. En el caso de Piñera se deben más bien a la premura y el vértigo, a la seducción que ejercen sobre él preguntas que desea responder en el fragor mismo de la entrevista, y que, en su estilo vital y directo, no esquiva, aunque después tenga que rectificar o precisar. Casos recientes lo evidencian.

Diferente es el caso de Guillier. No se trata en él de expresiones arrancadas bajo presión, sino de afirmaciones que afloran de convicciones soterradas. En resumen: no es lo mismo una expresión desafortunada en una entrevista con dos o tres periodistas que exigen respuestas en un marco limitado de tiempo, que visiones que se manifiestan en discursos elaborados, editados y aprobados por un comando.

Me refiero con esto tanto a aseveraciones que parecen emanar del carácter de Guillier, como a principios que fluyen de su programa gubernamental (aun una quantité négligeable ante el Frente Amplio). Veamos lo primero: Guillier, que aspira a representar a Chile como Presidente, defrauda cuando evade a la prensa. En estos días eludió la entrevista con los incisivos periodistas Tomás y Nibaldo Mosciatti de Radio Biobío, que Piñera aceptó; impuso al programa “Candidato llegó tu hora” de TVN, que su entrevista final no fuese en vivo y directo (como fue con Piñera) sino pregrabada, y se zafó del ya concertado punto de prensa general tras el debate de Archi, mientras su contendiente cumplía su palabra y respondía ante los periodistas.

En las “verónicas” taurinas de Guillier ante la prensa no hay improvisación, sino método; no es reacción ante el vértigo, sino estrategia bien hilvanada. Lo mismo puede sostenerse sobre cruciales afirmaciones suyas muy vagas, como la condonación definitiva del CAE, la creación de 900 mil puestos de trabajo y su voluntad, en caso de triunfar, de llamar a plebiscitos cuando haya discrepancia entre el Gobierno y el Congreso. También causan en estos días azoro e incertidumbre los polarizadores conceptos que difundió en un reciente discurso en Concepción.

Allí habló de “meterles la mano en el bolsillo” a quienes el gobierno de Michelle Bachelet calificó en 2014 de “los poderosos de siempre”; conminó a estos sectores a “que ayuden a hacer patria alguna vez” (lo que implica dividir a los chilenos entre patriotas y antipatriotas), y cayó en una curiosa nostalgia “sesentera” al cerrar su pieza retórica en la ciudad cuna del MIR con la frase símbolo de Ernesto “Che” Guevara: “Hasta la victoria, siempre”.

Guillier debe al país una explicación por ese discurso. La debe por cuanto no surgió de un exabrupto, sino de un texto redactado y aprobado por su comando y su persona, y que ensayó y leyó. No hubo aquí improvisación, sino convicción profunda o populismo barato. Además, la frase “meter la mano en el bolsillo” es idéntica, por lo demás, a una del dictador Nicolás Maduro y recuerda el “exprópiese” de Hugo Chávez, mientras recorría Caracas despojando de sus propiedades a numerosos ciudadanos.

¿Qué lleva a un aspirante a la Presidencia de la República, de inspiración masónica y socialdemócrata, a pronunciar un discurso que corona con la frase ícono del “Che” y Fidel Castro, contumaces enemigos del pluralismo y la democracia liberal, y represores de la masonería y la socialdemocracia? La pregunta requiere respuesta del candidato del oficialismo, toda vez que partidos admiradores del chavismo, castrismo, sandinismo, Alemania oriental y Corea del Norte integran su campaña. ¿O el mero hecho de citar los modelos celebrados por la izquierda oficialista constituye hoy “campaña del terror” en Chile?

Hay otros ejemplos que ponen en evidencia las contradicciones de Guillier. ¿Cómo logra hacer calzar en su visión de país conceptos socialdemócratas, guevaristas y maduristas? ¿Cree de verdad en eso o se trata solo de un recurso retórico para conseguir los votos del FA? Al parecer, es su falta de liderazgo y claridad lo que llevó a Bachelet a asumir prácticamente el rol de su generalísima. Lamentablemente, a diario estropea así la Mandataria una tradición republicana de la cual los chilenos nos enorgullecíamos. Es inédito en el Chile democrático de los últimos 60 años el nivel de intervencionismo electoral de hoy por parte de la Presidencia. Solo un mandatario con visión de estadista podrá restaurar esa tradición perdida.

/columna de Roberto Ampuero para El Mercurio

/gap