Es impresionante como los países cambian después de una elección democrática. Se expresa la voz del pueblo. No la de las encuestas, ni de los liderazgos, ni de los candidatos. El cambio es mayor cuando los resultados son diferentes a los esperados. ¿Cómo entender lo que las urnas expresaron? Aunque cada uno intente llevar agua a su molino, un esfuerzo serio por interpretar lo que los chilenos están demandando, requiere de un distanciamiento imposible entre la primera y la segunda vuelta presidencial.

Pero hay cosas que se manifiestan con más claridad. Por ejemplo, una creciente polarización. Con más opciones que en el binominal, un porcentaje importante se desplazó hacia los extremos. La izquierda se izquierdizó con el Frente Amplio que, con una votación similar a MEO el 2009, conquista una posición relevante en el Congreso con un discurso rupturista, aunque su conglomerado y su votación sean heterogéneos. Por su parte, la derecha se dividió en dos, un sector que se desplaza hacia una derecha extrema (José Antonio Kast y la mayoría UDI), y otro creciendo hacia el centro (RN y Evópolis). En este contexto, el centro político prácticamente desapareció. El intento de Carolina Goic y la Democracia Cristiana de representarlo, sufrió un duro revés. Entre otras razones, porque no contó con el apoyo incondicional de su partido -más bien al contrario-, porque Goic no era conocida y solo fue logrando un discurso coherente hacia el final. Añádase que la marca Democracia Cristiana está desprestigiada (como la de otros partidos tradicionales), identificada con corrupción, divisiones internas, apego al poder. Muchos candidatos jóvenes y valiosos de estos partidos, no fueron elegidos, mientras aquellos vinculados a movimientos nuevos, sí lo fueron.

Hoy nos encontramos con la campaña presidencial más incierta y polarizada desde el retorno a la democracia. El futuro no es auspicioso si perdura este clima de confrontación, agrandado por los discursos de los candidatos. Desaciertos como “meterle la mano al bolsillo de los ricos” o el cuestionamiento a la limpieza del proceso electoral, han debido hacerlos retroceder, pero las palabras quedan. Tampoco son un buen presagio el listado de ofertas cercanas al populismo y menos, los temas ausentes, mientras el gobierno busca que esta elección sea el plebiscito sobre sus reformas. No contribuye una Democracia Cristiana que apoyó rauda al senador Guillier sin condiciones, descartando contribuir a la gobernabilidad, para mantenerse en la intrascendencia.

El país dividido en dos entre los que votan, mientras la mitad se margina; los acuerdos concebidos como algo oprobioso; la intolerancia y la arrogancia de quienes se sienten dueños del progresismo, por un lado, y del crecimiento económico por el otro, solo nos pueden llevar a un país que termine definitivamente entrampado en su desarrollo. Así no se construye un buen futuro.

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