Hace exactamente un año, Universidad de Chile debatía sobre cuál sería el nuevo entrenador del equipo. Luego de descartar una larga lista, las opciones que se manejaban en las oficinas de Azul Azul eran dos argentinos: Ángel Guillermo Hoyos y Ariel Holan. 

La duda se mantuvo hasta fines de diciembre, donde los azules se inclinaron finalmente por la opción de Hoyos. Su mayor recorrido, experiencia internacional, entre otros atributos, lo ubicaron por encima de Holan, un técnico formado en el hockey que comenzó a dirigir recién a los 43 años y que había llamado la atención con el modesto Defensa y Justicia.

“La U no es solo uno de las más importantes de Chile sino que de América. El tenerme en cuenta ya es motivo de orgullo”, agradecía Holan en esos días, sin saber que su futuro estaría en otro club. Uno del cual era hincha: Independiente de Avellaneda.

Y la decisión del entrenador que admira a Bielsa, Löw y Guardiola no pudo ser mejor. En sólo un año, rescató a Independiente de varias campañas mediocres, y con una propuesta arriesgada y atractiva llevó al cuadro de Avellaneda a ser campeón de la Copa Sudamericana.

Ya nadie le cuestiona a Holan su metodología. Los 12 ayudantes de campo, los drones en los entrenamientos, los programas de edición para mirar videos en el entretiempo, sus reuniones con los históricos del Rojo cada semana. Todo parece hoy una justificación del éxito. Todo explica por qué Independiente volvió a ser el de antes.

Holan pudo haber llegado a Chile hace un año, pero probablemente es una de las decisiones de las que no se arrepentirá en su vida. En una tibia noche en Río de Janeiro, y después de un largo camino, Holan se convirtió en campeón de américa con el club de toda su vida.