Finalmente, los resultados de esta segunda vuelta vinieron a ratificar lo obvio: un gobierno y un programa de reformas con niveles de desaprobación tan altos y por más de tres años no podían tener continuidad. Más aún, después de la ‘lectura surrealista’ que la Presidenta Michelle Bachelet decidió hacer de la primera vuelta, donde arriesgadamente sumó el resultado de todas las candidaturas de centroizquierda y consideró esa sumatoria como un respaldo a la vocación transformadora de su gobierno. Ayer, lo que se confirmó, además del mayoritario rechazo a la actual administración, fue la heterogeneidad irreductible de ese supuesto voto progresista, un segmento en el que al parecer conviven fenómenos electorales muy diversos, y desde donde también terminaron saliendo votos decisivos para la holgada victoria de Sebastián Piñera.

El error de lectura de la primera vuelta llevó a Michelle Bachelet y a su gobierno a jugarse por entero para hacer del balotaje un ‘plebiscito’ respecto de su legado. El resultado está a la vista: la peor derrota de la centroizquierda desde el retorno a la democracia, teniendo la Mandataria que hacerse cargo de un verdadero ‘milagro’ histórico: sus dos gobiernos terminaron convenciendo a una mayoría electoral de que era mejor girar a la derecha; una derecha que gana dos elecciones presidenciales en menos de una década, algo que no ocurría en Chile desde hace 150 años.

Si de legado político se trata, Bachelet y la Nueva Mayoría dejan a la centroizquierda en ruinas: dividida, mermada en su representación parlamentaria, humillada electoralmente y sin liderazgos visibles para empezar el complejo proceso de la recomposición.

En rigor, el intento de seducir al Frente Amplio (y de dejarse seducir por él) resultó letal en un país donde cada día con más evidencia las elecciones se ganan en la clase media y, por tanto, en el centro político. La izquierdización fomentada por La Moneda en función de la idea que la Nueva Mayoría y el FA podían tener diferencias en los medios, pero respecto de los fines eran casi lo mismo, terminó llevando al oficialismo al despeñadero.

Un error político de dimensiones históricas, que deja a la centroizquierda atenazada por una derecha electoralmente mayoritaria y un Frente Amplio que amenaza con seguir sacándole márgenes de representación electoral.

Al final del día, el derrotado ayer no fue Alejandro Guillier, un personaje circunstancial en esta historia, cuyo principal desacierto fue dejarse usar por los oportunistas de siempre. En verdad, los grandes perdedores en la jornada de ayer fueron Bachelet y su legado; una Presidenta que habita una realidad paralela y un programa de reformas mal diseñado y peor implementado, basado en una mirada completamente antojadiza e ideologizada del Chile actual.

En definitiva, si realmente hubo alguna lógica plebiscitaria en lo sancionado ayer por la ciudadanía, no son pocos los que debieran dar la cara y salir a reconocer que el Chile de los últimos 30 años les ganó por paliza.

/Columna de Max Colodro para el diario La Tercera

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