Acaba de ocurrir un hecho inédito en la moderna historia política de Chile. Lo que no se verificó durante toda la vigencia del estado de compromiso (1932-1973) se consumó ayer: la derecha se hace del poder, mediante el voto, por segunda vez en una década.

Este será -irrite a quien irrite- el legado objetivo de la Presidenta Bachelet.

Casi una verdadera compulsión de repetición.

¿Cómo explicar un hecho tan inédito como ese si, como se dijo y se repitió una y otra vez, la mayoría estaba enemistada con la modernización capitalista? ¿No era que una mayoría incómoda, que reñía con el Chile de las últimas décadas, se había extendido, como una ola muda, por la sociedad chilena? ¿No era que los grupos medios ocultaban a un estrato abusado que esperaba redención? La exageración en los análisis del resultado de la primera vuelta -que quisieron ver en la votación del Frente Amplio confundida con la de B. Sánchez una vuelta de espalda a la modernización- no era más, se sabe ahora, que el esfuerzo por confirmar un prejuicio.

Y es que la verdad era la opuesta.

La sociedad chilena -vale la pena repetirlo- cambió muy radicalmente como consecuencia del gigantesco cambio en las condiciones materiales de la existencia que, gracias a la modernización que la Concertación condujo, las mayorías históricamente excluidas experimentaron. Allí donde había clases consolidadas y estables, hoy hay grupos medios con preferencias más o menos volátiles; donde existían identidades colectivas, hoy hay alta individuación y una identidad electiva; donde existía el apetito de igualdad, hoy existe un anhelo de desigualdades merecidas; donde se abrazaban ideales colectivos que dibujaban el futuro, hoy existe la pasión por el consumo; y donde se pensó que existía un malestar que fracturaba a la sociedad chilena exigiendo un cambio de rumbo hacia el futuro, había el desasosiego que acompaña siempre, según la literatura lo pone de manifiesto, a los procesos de modernización.

¿Cuál fue, en medio de todo esto, el error de la izquierda?

Como suele ocurrir con los errores de largo alcance, no fue un error de una sola vez. Se gestó de a poco. Su semilla fue la incomprensión de los cambios que la modernización introdujo, la vergüenza por su propio éxito y -no vale la pena ocultarlo- la increíble torpeza del gabinete de Bachelet.

Pero sobre todo fue lo que en estos cuatro años pareció una manía: un error intelectual consistente en sustituir el análisis de la realidad sociológica, por los análisis meramente normativos, con tinte escolástico; reverdecer las viejas tesis de la izquierda (que el éxito de la Concertación había derrotado) por una suerte de beata adhesión al discurso de las nuevas generaciones; creer que la medida de la política son la racionalidad abstracta de los ideales y no la capacidad para mediar entre ellos y la realidad; creer que el paternalismo hacia las mayorías equivale al reconocimiento de sus formas de vida; pensar que ser popular gracias a la televisión era equivalente a ser capaz de interpretar el ruido mudo de la sociedad.

El triunfo de la derecha -no de Piñera, de la derecha, que tiene ahora la oportunidad de instalarse por largo tiempo en el poder- no se debe solo al hecho de que esté decidida a impulsar la modernización capitalista, sino a un hecho más sutil y más importante: fue capaz de interpretar mejor y más fielmente el sentido del desasosiego de los chilenos y las chilenas y brindar reconocimiento a todos los sectores sociales cuya trayectoria vital de estos años se vio devaluada con el discurso paternalista y protector, tan intenso a la hora de proferirlo como torpe a la hora de ejecutarlo, de Bachelet y sus ministros y sus ministras.

Y es que el desasosiego que acompaña a la modernización no es anhelo de ser redimido, sino que una leve sombra de desilusión que solo la propia modernización es capaz de apagar: la mano que inflige la herida es la misma mano que la cura.

/Blog de Carlos Peña para el diario El Mercurio

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