Pareciera ser que aunque no se note, en los procesos políticos impera algún grado de racionalidad que hace volver las cosas a su cauce. Cuando lo anterior no ocurre, el problema deviene en una guerra o una crisis institucional de tal magnitud que estamos en presencia de un cambio de época que redefine los límites de lo posible o las estructuras vigentes. En estos tiempos mucho se ha discutido sobre el fin del estado westfaliano, como lo conocimos hasta ahora. Otros cuestionan el funcionamiento de los organismos multilaterales. También están aquellos que cuestionan la democracia como sistema de agregación de preferencias porque lo encuentran obsoleto.

También están aquellos que se quedaron en el pasado, que quisieran volver a sociedades de castas, sin derechos humanos, regímenes censitarios y economías desreguladas en que solo imperara la ley del más fuerte. Europa se ha visto sacudida por una ola de xenofobia y extremismo, creyendo que pueden reescribir la historia.

La realidad es que ni estamos ad portas de un cambio tan radical que haga desaparecer la nación estado, ni estamos en un retroceso brutal. Más bien, caminamos a tientas hacia un modelo que balancea la necesidad de una identidad nacional con un proceso de globalización que incluye lo económico, pero que también incorpora a los derechos humanos la inserción plena de la mujer, el respeto a la diversidad de todo orden y también la libertad como elemento fundante de toda construcción política.

Es por lo anterior que, incluso contra todo pronóstico, se producen fenómenos que devuelven al equilibrio la realidad política. Tomemos algunos ejemplos. En la elección senatorial complementaria de Alabama, Estados Unidos, se esperaba que ganara un ex juez radicalizado de derecha,  acusado de abusos deshonestos a menores hace varias décadas. Sin embargo, triunfó el demócrata Doug Jones, conocido por su moderación y que llevará a Washington un mensaje de diálogo e incrementalidad.

Al otro lado del océano, los británicos habían extremado el discurso sobre su salida de la Unión Europea. El brexit se planteó como un asunto en extremo complejo para el futuro del continente. Sin embargo, cada vez es más evidente que será un asunto negociado. Finalmente, cada vez prima más el sentido común. En Alemania, la Canciller Merkel entró en negociaciones nuevamente con la socialdemocracia para dar estabilidad y conducción al país más poderoso de un continente en crisis. Es decir, la racionalidad impide una vez más que la sangre llegue al río. Todos dirán que vivimos tiempos de crisis. Es verdad. Todos dirán que estos son los momentos más duros de la humanidad. Les recuerdo que hace un siglo exacto se terminaba el tercer año de la Primera Guerra Mundial. Tal vez para poner perspectiva convenga volver a leer los “Cañones de Agosto” de Barbara Tuchman y no repetir en este siglo los horrores del anterior.

En este contexto mundial deberá el gobierno del futuro Presidente Sebastián Piñera desarrollar la política exterior de Chile.

/Columna de Soledad Alvear para La Tercera

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