Durante más de dos horas del domingo pasado la televisión chilena se dedicó a cubrir la situación de José Antonio Kast como apoderado de mesa en el Estadio Nacional.

Los televidentes no olvidarán las escenas: Kast, diputado en ejercicio y candidato presidencial en la primera vuelta, pacíficamente sentado junto a la mesa, portando sus credenciales. Sereno, sonriente, amistoso y, cada cierto rato, condescendiente con quienes le pedían una selfie . Afuera de la mesa, enfrentándolo, Julia Urquieta, la frustrada candidata comunista, y el señor aquel que insistía en los derechos humanos y la veterana esa que argumentaba con sutileza: “¡facho, que se vaya!”.

Por fin la televisión chilena mostraba a José Antonio Kast en su mejor dimensión: un patriota, acosado por personas llenas de odio.

Su presencia en el local de votación fue la culminación de una decisión que el propio Kast había comunicado a sus partidarios la noche del 19 de noviembre, después de conocer su notable resultado electoral: se empeñaría en recorrer todo Chile para derrotar a la izquierda. Y así lo hizo, sin intervalo alguno, desde el mismo lunes 20. No se había visto antes nada igual.

¿Y desde qué realidad había proyectado José Antonio Kast esa decisión?

Venía de terminar una campaña extenuante, de más de año y medio, desde que se había desvinculado de la UDI: buscar firmas para inscribir la candidatura, desplegarla sin contar con un partido, un financiamiento, unos parlamentarios y una lista de candidatos para apoyarlo. Nada, no tuvo nada de nada.

Peor aún: Chile Vamos lo maltrató duramente durante la campaña para la primera vuelta. Lo ofendió asegurando que lo suyo era un gustito, que perjudicaría la victoria del candidato principal, y, en fin, las encuestas y opinólogos afines a la candidatura mayoritaria lo ningunearon y, por supuesto, erraron gravemente (Gonzalo Müller afirmaba pocos días antes de la elección que “Kast va a sacar unos tres puntos, o quizás un poco más”).

Pero José Antonio Kast, como si viera llover. Nada, no polemizó, insistió en que el rival estaba en la izquierda, que había que poner todo el empeño en derrotarla. Nunca respondió a la degradación de que fue objeto o, más bien, siempre respondió con un silencioso patriotismo de cepa superior.

Por supuesto, yo habría querido destacar estas cualidades suyas desde el mismo 19 de noviembre, pero era preferible guardar silencio hasta hoy, para que nadie pudiera quejarse de divisionismo. Ya se sabe: los brujos siempre buscan brujos debajo de la cama antes de acostarse.

Pero ahora sí se puede y se debe hablar. Ahora es posible afirmar que a José Antonio Kast lo privaron de entre 4 y 7 puntos porcentuales; lo privaron los mismos que a continuación recibieron de él su más noble colaboración. Ahora sí es necesario afirmar que los kastistas no son solo los 533 mil que marcaron esa preferencia, sino probablemente unos 200 a 300 mil electores más, los que fueron seducidos por la propaganda que sostenía que era posible ganar en primera vuelta.

Aclarado ese punto, lo que cabe es mirar hacia el futuro.

Kast tiene ahora por delante la formidable tarea de liderar una derecha doctrinaria y social, que se distinga del centro pragmático.

Doctrinaria, porque sea capaz de asegurar convicciones; y social, porque se postule para ayudar a solucionar todos los problemas reales de las personas en Chile. Subsidiaria, solidaria, de inspiración cristiana.

Un importante mensaje de Kast marcó el ámbito en que ejercerá ese liderazgo: “Si gana Sebastián Piñera, yo no voy a estar con él en La Moneda. Seguiré luchando contra la izquierda desde mi independencia”.

Para eso, ¿un partido o un movimiento? ¿O las dos cosas?

/Columna de José Antonio Kast para El Mercurio

/gap