Al cabo de 58 años de poder absoluto, el régimen castrista sigue convencido de que posee títulos de propiedad sobre la nación cubana. Lo ha demostrado una y otra vez. Lo hizo de nuevo para impedir que Mariana Aylwin pudiera viajar a la isla para participar en un acto organizado por la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia, en el que iba a ser distinguido Luis Almagro, secretario general de la OEA, con el premio que lleva Oswaldo Payá, el líder social cristiano cuyo asesinato en julio de 2012 ya estaría acreditado si en Cuba hubiera jueces independientes. También se iba a expresar un reconocimiento póstumo al Presidente Patricio Aylwin, lo que explicaba la invitación a su hija. Tampoco fue autorizado a viajar a Cuba el ex presidente de México Felipe Calderón. O sea, el totalitarismo a cara descubierta, la arbitrariedad que padecen los cubanos todos los días. La oligarquía de La Habana ha impedido que entren a Cuba personas pacíficas, que no han cometido delito alguno, salvo -para el régimen- el de identificarse con los valores de la libertad y los derechos humanos, o sea representan todo lo que el castrismo niega.

Es meritorio que el gobierno de la Presidenta Bachelet haya reaccionado como lo hizo. Y muy valioso que la presidenta de la DC, Carolina Goic, respaldará decididamente a Mariana Aylwin. Así también, tienen enorme valor las expresiones de condena a este abuso de parte de amplios sectores nacionales, en primer lugar, los ex mandatarios Sebastián Piñera y Ricardo Lagos. Pero hemos visto además una bochornosa actitud de quienes son en realidad incondicionales de la dictadura cubana. Son los que se las arreglan siempre para explicar y validar las mil y una tropelías de un régimen que ha violado sistemáticamente los derechos humanos en nombre de esa entelequia a la que sigue llamando “la revolución”.

No puede haber confusiones al respecto. El pueblo cubano tiene derecho a autogobernarse. Ello supone garantizar las libertades de expresión, reunión y asociación, generar condiciones para que haya elecciones libres y competitivas. A eso consagró sus esfuerzos Oswaldo Payá, quien logró reunir un millón de firmas para abrir una vía de transición a la democracia, y lo pagó con su vida. Por desgracia, esa transición pretende ser bloqueada por la dinastía gobernante: en efecto, Raúl Castro quiere dejar el poder en manos de su hijo, el coronel Alejandro Castro Espín.

La embajada de Cuba en Chile acusó a Mariana Aylwin de estar comprometida con “una grave provocación internacional contra el gobierno cubano, gestada por un grupo ilegal anticubano (…) a fin de generar inestabilidad interna y afectar nuestras relaciones diplomáticas”. Es risible, además de ridículo. ¿Tanto temor tienen los poderosos gobernantes de la isla?

Por demasiado tiempo ha habido indulgencia del mundo de la izquierda hacia los abusos de la dictadura castrista. Todos vimos en CNN al diputado Daniel Núñez del PC, tratando de justificar lo injustificable. No es posible seguir cohonestando los atropellos de un régimen que en los hechos desprecia a la comunidad internacional.

Son muchos los cubanos valientes que, como Rosa María, hija de Payá, luchan en difíciles condiciones para que su patria avance hacia la libertad. Ellos merecen nuestro aliento solidario. Los chilenos debemos levantar la voz para que la democracia llegue finalmente a Cuba.

/Columna de Sergio Muñoz para el diario La Tercera

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