Hoy, lo que más preocupa en el sector es la constatación de que no tienen liderazgos para renovarse, que los dirijan correctamente por esta travesía por el desierto de los próximos años, ni que tengan asimismo la solvencia política para sostener la estantería mientras se rearman como bloque. Lo que se ha visto desde el domingo en la noche es prueba de ello.

Ya han pasado cuatro días de la aplastante derrota que sufrió la Nueva Mayoría (NM) en la segunda vuelta presidencial de la mano de su candidato, Alejandro Guillier, y el conglomerado sigue en una suerte de shock, en general sus dirigentes y parlamentarios están mudos, sumidos en un estado de reproche colectivo y sin la capacidad de hacer una autocrítica que explique las razones políticas del fracasado intento de retener el poder una vez finalizada la administración bacheletista el 11 de marzo. Todos saben que la coalición, tal como se le conoce, se terminó, el punto es que, como nadie vislumbra cómo y con quién rearmarse a futuro, el funeral se avecina largo, lento y más traumático que el final de la extinta Concertación.

No es solo la segunda vez que la Presidenta Michelle Bachelet entregará la banda presidencial en las manos de Sebastián Piñera, sino que además nuevamente la coalición que sustentó su mandato tiene fecha de vencimiento. El presidente del PR, Ernesto Velasco, dijo en CNN esta semana que “no hay que hacer autopsia ni ser médico forense para saber que la Nueva Mayoría murió”, sentencia que ha sido compartida por el senador Andrés Zaldívar (DC), la ex candidata de la falange, Carolina Goic, e incluso el timonel del PC, Guillermo Teillier.

En el oficialismo dicen que La Moneda pidió expresamente a los partidos mantener a la coalición con respiración artificial hasta el 11 de marzo, no matarla empíricamente antes de eso, para no llegar al cierre del gobierno en medio del funeral de la Nueva Mayoría. Sin embargo, aunque se dilate, ese funeral político es inevitable y en todos los partidos vaticinan que será un proceso bastante agónico, porque no hay un puerto, objetivos, ni tampoco un posible proyecto.

“El año 2009 sabíamos que había que reorganizarse, estaba claro, había un camino, había que ampliarnos, converger, todos pusimos los intereses colectivos por sobre los propios”, recordó un ex dirigente DC que vivió dicho proceso.

El paso de la Concertación a la Nueva Mayoría no fue inmediato, se consolidó con miras a las elecciones municipales del 2012, pero, si bien la derrota entonces de la mano de Eduardo Frei Ruiz-Tagle fue muy dolorosa para muchos, después de casi veinte años en el poder, se manejó de manera diferente.

Los partidos estaban menos quebrados internamente, las mesas directivas dieron un paso al costado para asumir los costos la derrota y se hicieron todos los mea culpa que fueron necesarios hasta el hastío.

Hoy, lo que más preocupa en la NM es la constatación de que no tienen liderazgos para renovarse, que los dirijan correctamente por esta travesía por el desierto de los próximos años, ni que tengan asimismo la solvencia política para sostener la estantería mientras se rearman como bloque. Lo que se ha visto desde el domingo en la noche es prueba de ello.

Que la DC supuestamente no votó por Guillier, que fue un error hacer el giro hacia la izquierda porque se descuidó el centro político y la derecha tomó ventaja de eso, que el candidato no era bueno, que el Frente Amplio tiene cuotas de responsabilidad, que la clave de la derrota estuvo en el error garrafal de no realizar primarias, lo que desmovilizó a las huestes oficialistas. Esas son las respuestas que han surgido en estos días, pero ninguna se hace cargo de los problemas de fondo con los que la Nueva Mayoría llegó a enfrentar la campaña de segunda vuelta y que el antipiñerismo no bastó para eclipsarlos.

Tanto en el Gobierno como en el seno de la NM reconocen que la base de los problemas está en que las relaciones políticas al interior de los partidos “están fracturadas”, que los liderazgos que llevaron las riendas del conglomerado estos últimos años nunca tuvieron una mirada colectiva, sino que siempre privilegiaron intereses de corto plazo, dificultando así los entendimientos. Esa fue la antesala y el caldo de cultivo para las erráticas decisiones de no realizar primarias, de competir con un candidato único y una lista parlamentaria única.

La Moneda no contribuyó en nada tampoco. Es indiscutible, a ojos de la Nueva Mayoría, que el Gobierno nunca logró generar una buena relación con su coalición, el entendimiento entre ambas partes fue tenso, poco constructivo muchas veces, lo que alimentó muchos de los problemas de convivencia política y no pocos ponen, como el mejor ejemplo de eso, la reforma educacional y el criticado estilo del ahora ministro de Hacienda, Nicolás Eyzaguirre, quien en las etapas claves tenía a su cargo la Segpres y antes Educación.

Pero en Palacio también esquivan el mea culpa, argumentan que este no es el tiempo para esas reflexiones, que debe correr más agua bajo el puente para superar el golpe antes de hacer los análisis. De hecho, la ministra vocera, Paula Narváez, se bajó por esa línea: “Nunca hemos negado que esto fue una derrota, yo incluso hablé de derrota electoral contundente, fundamental e importante, y eso no se puede negar en ningún sentido (…). Es saludable que después de una derrota tan contundente como la vivida, todos los actores nos demos un espacio para la reflexión”.

En el Ejecutivo insisten, además, en que la Presidenta Bachelet se jugó el todo por el todo en la campaña de segunda vuelta y que no hay nada que no se hiciera. “Aquí sienten que no tienen responsabilidad en el desenlace, porque tácticamente se dio todo en las últimas semanas”, precisó una autoridad de La Moneda.

Todas las fallas que cimentaron la derrota, desde mucho antes del domingo 17 de diciembre, son políticas. “Durante los dos años previos a esta elección, la Nueva Mayoría estuvo distanciándose, los partidos se debilitaron, los liderazgos fueron cada vez de menor densidad y en eso La Moneda no tiene toda la responsabilidad”, precisó una autoridad de Palacio.

La catarsis

El punto es que, mientras no se haga ese análisis, no se asuman las equivocaciones y las responsabilidades, difícilmente la Nueva Mayoría podrá sacudirse pronto el polvo de la derrota y pensar la forma en que se organizará para ser oposición durante los próximos cuatro años en que gobernará Sebastián Piñera. “No hay cabeza para entender lo qué pasó, pero los presidentes de partido han brillado por su ausencia”, sentenciaron desde el Congreso en el PPD.

Misma crítica que se hace desde el Gobierno. “No se ha visto a nadie decir ‘yo me equivoqué en esto’, nadie asume nada, la lista de errores es larga”, cuestionó en reserva una autoridad de La Moneda.

Si bien tras bambalinas son muchos en el oficialismo a los que les molesta la falta de autocrítica de las dirigencias ante la derrota, en los últimos días dos personas han hecho hincapié en ese punto públicamente: el ex Mandatario Ricardo Lagos, quien este martes –en una entrevista a El País de España– dijo que “yo no entiendo cómo el domingo pasado no hablaron los que tenían que hablar, pero esa es cuestión de cada uno”.

El otro fue el presidente de la Cámara de Diputados, Fidel Espinoza (PS), a la salida de su reunión protocolar con Piñera. “Aquí hay errores y los que tienen responsabilidad –yo en eso comparto con Ricardo Lagos– han estado callados. Los presidentes de nuestros partidos tienen que dar la cara (…), no digo que tengan que renunciar, no soy quién para pedir renuncias, no me corresponde, eso lo definen los partidos. En el caso de mi partido, el 6 de enero hay un pleno, y no creo que Álvaro Elizalde tenga que renunciar, pero tiene que haber un mea culpa: tenemos que ser responsables de decir que hay una autocrítica y no buscar la responsabilidad de la derrota solo en los otros, sino también en nosotros mismos, que como partidos de la Nueva Mayoría no nos pusimos de acuerdo”.

En varios sectores del PS hay molestia con la actitud de su timonel desde el domingo en la tarde, porque afirman que aquella jornada –una vez ya oficializada la derrota– andaba más preocupado de ver su chance de instalarse rápidamente como el líder de la oposición, en vez de hacerse cargo en privado y en público de la responsabilidad política que le compete en todo el proceso, por haber hecho fracasar las primarias al llevar al PS a ungir a Guillier, y no a Lagos como se suponía que sería, como la carta presidencial de la colectividad.

“No es el único que tiene la culpa, es cierto, pero él es el principal, el PS fue clave en matar las primarias, Elizalde es un presidente de partido y un senador de la República electo. No puede andar esquivando su responsabilidad”, se lamentó uno de los cercanos al timonel socialista.

La declaración oficial que sacó el PS el lunes en la tarde no llenó el vacío de las respuestas que se requieren y ayer el senador electo mantuvo esa línea, al señalar que Piñera tiene que “definir si va a gobernar con su programa de primera o de segunda vuelta (…). Nosotros vamos a seguir trabajando por consolidar las conquistas de estos años; si hay voluntad de retroceder, nosotros nos vamos a oponer a todo lo que signifique precarizar los avances de estos años”.

Palabras que solo aumentan la molestia interna y alimentan el ruido entre las huestes del PS: “Están tratando de vender un escenario favorable para el partido, que somos los únicos en pie y que Elizalde debe ser el líder de la oposición, y el problema es que no hay capacidad de dar una explicación sólida del escenario actual”, cuestionó un PS y ex inquilino de La Moneda.

Por Marcela Jiménez para elmostrador.cl

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