Se dice que lo importante de la tarea del Presidente electo es gestionar el país. Por las “cosas que haga” será juzgado. Cierto, se demanda entre otras mejorías en salud y educación; para un gobierno el crecimiento es la primera piedra a colocarse. La tendencia íntima del Presidente Piñera se va a orientar en este sentido práctico. No es para menos. Sin los recursos no existe acción de gobierno.

Solo que la economía se desenvuelve dentro de un orden político -jamás ha sido de otra manera- que a veces resulta un obstáculo insuperable. En el mundo no hubo época de mayor cambio socioeconómico -y mejoría- que entre los siglos XIX y XX. Fue también la era de los furores ideológicos, de las guerras mundiales y de los totalitarismos; la historia pudo terminar mucho peor y, paradoja solo aparente, la pobreza se convirtió en uno de los puntos de referencia capitales de la política; “aparente” porque al comprobarse que la situación material podía mejorar, las diferencias socioeconómicas aparecían más escandalosas.

Pocos dudarían de la efectividad en gestión de la primera administración de Sebastián Piñera. Las críticas son unánimes en cuanto a la debilidad política sobre todo de la primera fase de gobierno, que quedó patente con el estallido de las protestas del 2011, quizás el verdadero “París 1968” chileno. De ahí que para proteger y vitalizar la estrategia económica no haya nada más imprescindible que darle protagonismo a un equipo político de calidad, y efectivo en comunicar el norte al que se debe dirigir el país, expresando también pericia cotidiana en la batahola política que siempre acompaña a la gestión gubernamental.

La vocería y el ministro del Interior emergen aquí como figuras clave para ser portadores de una voluntad política. Lo mismo el canciller. Sin olvidar que en América Latina nunca habrá unanimidad en torno a un programa y que habrá que vivir con ello, también debería no solo manejar la política exterior, sino mostrar un horizonte hacia el cual Chile y estos países debieran marchar. Esto no debe aparecer en un programa o en un memorándum, una manera de rebajar y ridiculizar este propósito, sino que debe habitar el habla cotidiana de los principales responsables políticos incluyendo, en algunas ocasiones, a los encargados de la política económica. Ideas no faltan, solo que hay que estar convencidos de ellas.

Uno de los aportes del sector que representa el Presidente electo es que puede agilizar al aparato del Estado, y ser contrapeso a la tendencia más o menos espontánea de aumentar indefinidamente el número de reparticiones y funcionarios. Pero hay que entender bien las cosas. No puede asumirse una actitud entre inquisidora y desdeñosa apenas se ingresa a ministerios y reparticiones. El Estado es uno de los pilares de lo que llamamos civilización; incluso no hay ninguna economía que funcione fuera del marco de referencia de un Estado. El convertirlo en una suma de funcionarios que alimentan sobrepeso y carga tributaria lo paraliza; no mostrarle cierta reverencia auténtica aniquila un fondo vital que hace que un país mantenga la voluntad de persistir como tal.

Por último, por la misma y necesaria majestad del Estado y del propósito expresado en la campaña electoral, los que asuman un cargo en el Gobierno no deberían abandonar el puesto en el buque, por modesto que sea, sino que el último día del mandato. No se debe producir un retiro precipitado el último año, porque “hay una oferta interesante en otra parte” u otra excusa de esta especie. No podría haber continuidad en la sociedad humana si no existe la persistencia en orientación según la brújula que se invocó en la campaña.

/Columna de Joaquín Fermandois para El Mercurio

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