Nunca me ha gustado eso de tratar de confirmar o refutar teorías sociológicas a partir de resultados electorales. Algo de esto se ha producido en el debate abierto a raíz de los sorprendentes resultados alcanzados por el FA y Beatriz Sánchez en las elecciones del 19 de noviembre y, luego, por el abultado triunfo de Sebastián Piñera el pasado domingo 17. Un día la conclusión es que los chilenos abjuraríamos de la modernización capitalista, y al otro es que la adoramos. Si las cosas fueran así de simples, podríamos clausurar las escuelas de sociología, pues todo el esfuerzo por entender la sociedad sería pueril: bastaría con mirar los desenlaces de las elecciones. Pero me temo que las cosas son más complejas, y a la vez más simples.

Más complejas porque las sociedades, como los individuos, son un nudo insondable de contradicciones y ambivalencias, y por lo mismo la explicación de sus opiniones y conductas -ni qué decir su anticipación- es un asunto que no se ajusta a modelos unívocos ni a variables unidimensionales. Y digo que son a su vez más simples porque los electores eligen en función de consideraciones que son bastante más triviales y contingentes de lo que a veces suponemos los analistas, en especial en sociedades donde las identidades de clase y las lealtades ideológicas están en vías de extinción, como es el caso de Chile.

Dejemos entonces a un lado las macroexplicaciones y tratemos de entender por qué, a la hora de marcar el voto en la urna, los electores optaron por Piñera y no por Alejandro Guillier. El listado de motivos dista por cierto de ser exhaustivo.

Piñera ganó porque a los chilenos ha terminado por gustarles la alternancia. Cuatro años con uno, cuatro con otro. Sirve para airear, limpiar, energizar.

Ganó porque ofreció algo sobre lo que tiene credibilidad: crecimiento económico. Y porque el deseo de los chilenos por retomarlo es superior a su deseo de cambiar a la clase dirigente, que es lo que ofrecía Guillier.

Ganó porque cuando se trata del Presidente de la República, la ciudadanía es cuidadosa, y esta vez quería de presidente a un mánager, no a un comentarista; a un gestor, no a un reformador; alguien que hable en prosa, no en verso.

Ganó porque después de años tensos por las reformas de este gobierno, la población quiere un respiro con un gobierno que se enfoque más en la eficiencia y en los detalles, más en mejorar la eficacia del Estado que en aumentar su tamaño.

Ganó porque los electores sintieron que Piñera atendía mejor a sus temores: el declive económico, la contracción de las oportunidades, el déficit de autoridad y la inseguridad ciudadana.

Ganó porque los electores querían castigar a lo que representó la Nueva Mayoría, ya fuera optando por una alternativa de izquierda (Sánchez), o por una de derecha (Piñera).

Y ganó porque tuvo la misma valentía de Ricardo Lagos después de la primera vuelta de 1999 y cambió de estrategia para el balotaje. Su discurso antirreformas lo llevó a un triunfo que tuvo sabor a derrota. Oyó el mensaje y en la segunda vuelta apareció un nuevo Piñera; una figura abierta a reconocer errores y a modificar sus puntos de vista, con un discurso moderado, unitario y conciliador, comprometido con dar continuidad a las principales reformas de Bachelet. Esto permitió que votantes de centroizquierda se volcaran a darle su apoyo, pues vieron en Piñera a un representante más fiel de la vieja Concertación que el propio Guillier, demasiado escorado hacia la izquierda en el vano intento de seducir a los votantes de Beatriz Sánchez.

¿Quién gobernará a partir del 11 de marzo, el candidato de la primera vuelta o el nuevo Piñera? A juzgar por las señales de los últimos días, el segundo. ¡Bendita democracia!

Columna de Eugenio Tironi en El Mercurio

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