Es difícil negar que el resultado de la elección presidencial dejó a la derecha en una situación histórica. Por un lado, la rearticulación de la centroizquierda será tan larga como dolorosa, y esta vez no habrá figura salvadora que permita volver a esconder los problemas bajo la alfombra. Por otro lado, la contundencia del triunfo de Sebastián Piñera le permite a la derecha asumir el poder con una legitimidad que ni soñaba. Se abre así una oportunidad gigantesca, que constituye también un desafío complejo. En efecto, la elección mirada en su conjunto constituye una dificultad en sí, pues habla de una ciudadanía cuyo mensaje sigue siendo enigmático (por lo mismo circulan tantas tesis alternativas que, no sin cierta precipitación, han querido brindar la lectura definitiva de un país que se está moviendo).
En este contexto, el primer reto del Presidente electo está evidentemente en la conformación de su gabinete. Se trata quizás del nombramiento más importante desde 1990, y Piñera se juega mucho en el modo de enfrentar la ecuación. Es difícil predecir cuáles serán los énfasis porque, en las últimas semanas, el piñerismo ha oscilado entre la euforia exitista que antecedió a la primera vuelta, la desesperación antes de la segunda vuelta y la satisfacción final por un resultado sorpresivo.
El gabinete es fundamental porque reflejará la exégesis que el mismo Piñera realiza de un momento particularmente incierto. ¿Cuántos jóvenes, cuántos políticos, cuántos técnicos? ¿Cuántos provenientes del sector privado, cuántos que tengan un compromiso más definitivo con lo público? ¿Cuántos que respondan a una lealtad puramente personal, cuántos con peso propio? ¿Cómo conformar el equipo político, a quiénes perfilar como eventuales delfines? ¿Qué herramientas conceptuales manejarán los ministros de carteras sensibles?
Cada una de estas preguntas tiene sus dificultades y el Presidente estará obligado a tomar decisiones entre objetivos distintos y difícilmente conciliables entre sí.
Como fuere, estos son los momentos que revelan el auténtico talento. El estadista se caracteriza precisamente por su capacidad de educir un hecho político original desde una situación marcada por la incertidumbre, a partir de un esfuerzo de comprensión política. Para lograr algo así se requiere inteligencia y sentido práctico, además de buenas dosis de audacia. Dicho de otro modo, el gabinete de Piñera no puede ser conservador ni complaciente, ni menos una repetición de caras y de lógicas usadas, precisamente porque la ciudadanía exige categorías distintas a aquellas que la élite ha privilegiado hasta ahora.
El país debe ser comprendido, pero también debe ser liderado: la realidad no es una materia inerte que los políticos deban aceptar sin más. En su gobierno anterior, Sebastián Piñera -más allá de sus éxitos en gestión- mostró poco de esto. La historia le brindó, raro privilegio, una segunda oportunidad, al mismo tiempo que le dobló la apuesta. El primer error sería no tomarse en serio las dimensiones históricas del desafío.

/Gabriel Mansuy para La Tercera

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