Si bien algunos importantes inquilinos de Palacio evitan hacerse cargo de su responsabilidad en la mala relación que marcó siempre al Gobierno con su coalición, argumentando que esta última rara vez se jugó por defender el proyecto que se impulsaba, sí hay quienes asumen que, más allá de la disciplina que imperaba al final para votar alineadamente las propuestas de ley, es innegable que desde el primer año de gestión no se trató nunca al conglomerado como tal, no se le permitió influir en las decisiones, ser una efectiva contraparte, pocas veces se le escuchó y en más de una ocasión se le trató casi como un buzón de las iniciativas gubernamentales.

Desde los primeros días, este 2017 fue malo para la Nueva Mayoría. La tensa definición presidencial, la errática negociación parlamentaria, la incapacidad de los dirigentes del conglomerado de llegar a acuerdos que privilegiaran la coalición por sobre las agendas partidistas y personales, no son una lista de hechos aislados, sino que forman parte de los graves errores políticos cometidos por el conglomerado y que, entrelazados unos con otros, explican por qué este bloque de centroizquierda termina el año mordiendo el polvo de la derrota en las urnas, sin un proyecto político, sin un liderazgo futuro y sin entender aún qué fue lo que les sucedió. Fue una muerte anunciada, pero que nadie escuchó.

A partir de la próxima semana comenzará un ardiente verano para el oficialismo, no solo porque serán los últimos 70 días en el poder y deben preparar la entrega en manos de la derecha y su Presidente electo, Sebastián Piñera, sino además porque cada colectividad tiene agendadas distintas instancias internas de debate, como el comité central del PS convocado para el primer fin de semana del 2018 y la junta nacional de la DC que se realizará a finales de enero. Dichos cónclaves están lejos de ser una cita más, pues son la oportunidad para un necesario análisis político de lo sucedido este año, considerando que, desde la derrota del candidato Alejandro Guillier en la segunda vuelta del 17 de diciembre, ha sido evidente la ausencia casi total de una autocrítica en la Nueva Mayoría para asumir los errores cometidos y así pensar en la posibilidad de una rearticulación.

El analista y ex subdirector de la Secom, Carlos Correa, se lamentó de que “aún ni siquiera hay una reflexión sobre la derrota, en la Nueva Mayoría están entre el estupor y los que la niegan pensando solo en resultados parlamentarios individuales”. En La Moneda por estos días piensan precisamente eso, que ninguno de los partidos se ha sentado a asumir sus responsabilidades en la derrota colectiva y, por el contrario, se han dedicado a lanzar culpas recíprocas sin comprender –sentenció una autoridad de Palacio esta semana que uno de los mayores pecados estuvo en centrar todos los intereses políticos en el Congreso, dando la espalda a las bases, la ciudadanía, y eso llevó a una seguidilla de malas decisiones sobre la candidatura presidencial y la negociación parlamentaria.

“Los partidos no lograron pensar ni entender cómo debían armar la campaña presidencial y su debilidad fue la que convirtió en candidato a Guillier, lo ungieron, lo pusieron ahí porque no había nadie más. El principal error fue que cada partido miró exclusivamente por sus intereses y no veló nunca por la coalición”, afirmó una autoridad de La Moneda.

Si bien algunos importantes inquilinos de Palacio evitan hacerse cargo de su responsabilidad en la mala relación que marcó siempre al Gobierno con su coalición, argumentando que esta última rara vez se jugó por defender el proyecto que se impulsaba, sí hay quienes asumen que, más allá de la disciplina que imperaba al final para votar alineadamente las propuestas de ley, es innegable que desde el primer año de gestión no se trató nunca al conglomerado como tal, no se le permitió influir en las decisiones, ser una efectiva contraparte, pocas veces se le escuchó y en más de una ocasión se le trató casi como un buzón de las iniciativas gubernamentales.

“Dejamos de ser una coalición, de entendernos, dejamos de hacer política de la forma en que la hacía la centroizquierda y, con eso, dar garantías de que se podía ser un buen Gobierno. No hubo unidad con la Nueva Mayoría y eso se pagó caro”, reconocieron en uno de los tres ministerios políticos de La Moneda.

En una entrevista a Emol a principios de la semana, el diputado PS, Osvaldo Andrade, dijo que el oficialismo perdió en estas elecciones la “gran oportunidad de haber persistido en un proceso de transformaciones necesarias en la sociedad chilena” y que eso se debe en gran medida a que el error de la centroizquierda fue no haber escuchado bien al país y que por eso había que pedir perdón.

“Es fácil pedir perdón en forma general, pero hay que empezar por uno. Yo, en particular, creo que mi derrota tiene que ver con errores cometidos, poca sintonía con mis electorales, darle mucha importancia a la presidencia de la Cámara y no a mi distrito (…). Hicimos todo lo posible por perder, instalamos un Gobierno con amplia base social, con legitimidad a toda prueba, porque Bachelet ganó con holgura, pero no fuimos capaces de sostener el diagnóstico, desde el comienzo hicimos las cosas mal, tuvimos la permanente contradicción entre la retroexcavadora y los matices, lo que generó una coalición confusa que no se presentó con unidad ante la sociedad”, afirmó el parlamentario que el 19 de noviembre fue derrotado en su intento por retener su escaño en Puente Alto.

No es el único que cree que esa disputa interna y pública entre las miradas conservadoras y reformistas de la Nueva Mayoría fue fatal para la sobrevivencia del conglomerado, porque ahí se perdió la capacidad de la conducción política eficiente que siempre caracterizó a este sector, pero también la garantía de gobernabilidad y de un proyecto común.

Hay quienes consideran que la razón de todos los males y errores estriba precisamente en eso, en que la Nueva Mayoría jamás fue una coalición política de verdad sino solo un pacto sin un proyecto a largo plazo. El decano de la Facultad de Ciencia Política y Administración Pública de la Universidad Central, Marco Moreno, explicó que la NM “desde su conformación da cuenta de los problemas de una coalición que solo tuvo un objetivo táctico y que se expresó en el pacto de Gobierno más que en un referente de centroizquierda con proyecto y diseño estratégico”.

El analista agregó que, bajo ese prisma, los partidos de la Nueva Mayoría “han venido experimentando un proceso de gubernamentalización” que los hizo privilegiar erróneamente “su rol como instrumentos de Gobierno en detrimento de su función representativa. Se dedicaron más a gobernar que a representar, proporcionaron orden más que voz”, apunta. Junto con eso, según Moreno, también fueron clave en la cadena de errores dos cosas más: haber pasado de “un modelo de democracia de partidos a uno de democracia de audiencias (encuestas) para elegir a su candidato presidencial” y estructurar su estrategia y oferta de candidatos parlamentarios “bajo una lógica binominal”. Y, en tal sentido, precisa: “No leyeron bien los incentivos y restricciones del nuevo sistema electoral proporcional, lo que explica en parte la derrota en esa elección”.

Para Correa, el resumen de hechos erráticos del año se resume así: “No ir a primarias, presentar una candidatura presidencial para la cual el crecimiento económico fue algo absolutamente secundario y tener un acuerdo parlamentario que les impidió mantener mayoría en la Cámara de Diputados”.

Es que, para muchos en el conglomerado, fue la decisión del comité central del PS en el mes de abril, de apoyar a Guillier en vez de elegir a Ricardo Lagos como su abanderado presidencial, el principal hito político que desató un efecto dominó que selló la derrota del oficialismo, porque fue una decisión carente de todo ese rasgo y sello articulador que siempre caracterizó al socialismo y al papel que cumplía en la centroizquierda.

Fue eso lo que provocó que el ex Mandatario diera un paso al costado al tener solo el respaldo del PPD, lo que generó que la Nueva Mayoría –incluida la DC con su candidatura propia en manos de Carolina Goic– no se sometiera a las primarias legales de julio, como sí lo hizo el Frente Amplio y la derecha, para elegir un candidato único, una división que, a su vez, influyó negativa y definitivamente en la incapacidad de las directivas de los partidos de llegar a un acuerdo parlamentario común, con una sola lista de candidatos que evitara –como al final sucedió– que la centroizquierda, por primera vez en 27 años, perdiera la mayoría de escaños en la Cámara Baja.

Según Correa, esta seguidilla de errores tiene una explicación más, que pasa por “una dirigencia actual con poca capacidad de mirar a largo plazo, que se debe a que ascendió una generación con muchas ansias de poder, que tomó decisiones sin pensar mucho”.

En los partidos de la Nueva Mayoría hay quienes agregan que todo este escenario fue condimentado “desgraciadamente” por la incapacidad política de la DC de comprender que el Partido Comunista podía efectivamente ser una contribución en el conglomerado y, por el contrario, fue reflotado –se lamentó un ex dirigente socialista– un anticomunismo “muy fuerte y peligroso”. En La Moneda dicen comprender las razones de la falange por intentar mantener su identidad política en medio de una confusa coalición marcada por el desorden, pero no son pocos los que recalcan que eligieron un camino errado para defenderla, con el sabido resultado para Goic (5%) y la reducción de su bancada de diputados de 19 a 13 escaños.

En el seno de la propia DC confiesan que aún nadie se hace alguna autocrítica por las equivocaciones propias. Que, por el contrario, cada sector de la falange se mantiene aferrado a sus argumentos, solo se han reafirmado, sin que exista voluntad de un análisis más frío ni un entendimiento interno.

En la Nueva Mayoría abundan los diagnósticos pesimistas sobre el futuro de la centroizquierda, muchos creen que efectivamente se les avecina al menos una década de rearme antes de pensar en volver a rozar nuevamente el poder, debido no solo a las fortalezas que hoy demuestra la derecha como partidos relativamente ordenados y una proyección de varios liderazgos futuros– sino a que en las huestes del conglomerado se perdió la brújula de cuál, cómo y con quién es la ruta a seguir pensando en el rearme.

En La Moneda no todos son tan pesimistas, algunas autoridades creen que esa articulación será más fácil de lo pensado, que la necesidad tiene cara de hereje y que, siendo oposición, será mucho más fácil llegar y privilegiar consensos que la escuálida capacidad que demostró el sector mientras fue Gobierno. “Es ahora cuando la centroizquierda debe tomar la decisión de ser o no una coalición de verdad, ese es el desafío”, sentenció una autoridad de Palacio.

“No hay posibilidad de continuidad de la Nueva Mayoría tal como hoy está. Una opción de centroizquierda requiere una revisión de los diagnósticos y respuestas en términos de políticas públicas de la socialdemocracia chilena. Solo a partir de eso se podrían sentar las bases de una nueva fuerza de corte socialdemócrata, porque son estos diagnósticos y respuestas los que fueron derrotados el 17 de diciembre”, explicó Moreno.

Por Marcela Jiménez para elmostrador.cl

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