Vivimos un contexto en que a veces parece que ser feliz es una obligación. Nos rodean constantes mensajes positivos, vemos a través de la pantalla de nuestro teléfono móvil como todo el mundo vive la vida perfecta y parece que no ser feliz es la mayor lacra imaginada. Pero, aunque muchos intenten desterrar la tristeza, el enfado o la melancolía de su día a día, estos sentimientos a veces «incómodos» son también necesarios para vivir de manera «emocionalmente saludable».

«Todas las emociones, positivas, negativas y neutras, tienen un valor para la supervivencia del ser humano, tienen una finalidad y por eso existen», apunta Aída Rubio, psicóloga y coordinadora del equipo de psicólogos de TherapyChat. Comenta que muchas veces nos cuesta entender la importancia de las emociones negativas, puesto que «la sociedad que vivimos está conceptualizada en torno a una imagen de éxito y positividad».

¿Para qué sirven las emociones negativas?

Aun así, las funciones de este tipo de emociones son esenciales. El psicólogo Rafael San Román, de la plataforma ifeel, enumera algunos de los fines que tienen estos sentimientos: «El miedo, por ejemplo, nos indica que hay un peligro para así tomar decisiones que nos protejan de él; la rabia nos da la activación necesaria para defendernos de un ataque; la tristeza promueve la introspección; la culpa nos aporta la sensación de distinguir el bien del mal; la vergüenza nos ayuda a no exponernos al escarnio público; el asco es fundamental para detectar agentes tóxicos que entran en nuestro organismo o podrían hacerlo y así evitar enfermar».

Es importante aprender a gestionar bien este tipo de emociones. Aída Rubio comenta que el primer paso es prestar atención al sentimiento, no rechazarlo, para después intentar entender de dónde nace y cómo nos es útil. «Una de las maneras es hacer un “barrido” por nuestro cuerpo para ver qué sentimos: ¿Siento tensión en los brazos? ¿Tengo el estómago encogido? ¿Siento calor en las mejillas?», apunta la profesional.

Aceptar o solucionar

«Una vez localizada la causa del problema nos debemos preguntar si la emoción está siendo la respuesta adecuada. También, debemos buscar una vía de solución a la emoción y el problema que la causa, y esto conlleva tomar decisiones», dice la psicóloga, y continúa: «Si verdaderamente no puedo hacer nada para cambiar la situación que me enfada, es mejor aceptar la incomodidad que causa y no luchar contra ella acrecentando el malestar. Tratar de despejar la mente y dedicarnos a actividades positivas. Si en cambio puedo hacer algo para cambiar la situación que me provoca enfado, deberé emprender acciones que me lleven a ponerle solución de manera asertiva».

Aunque estos pasos serían la manera óptima de gestionar este tipo de emociones, apunta Rafael San Román que muchas veces tendemos a la evitación cuando surgen. «Las evitamos porque son desagradables, porque no siempre son bien entendidas y porque hemos aprendido que no es adecuado o saludable sentirse mal», dice el psicólogo. Por ello, explica que esta evitación nos perjudica, ya que es inútil pretender evadirnos siempre de nuestro malestar. «Es importante entender que no podemos librarnos de sentirnos mal; hay que aprender a convivir con nuestras emociones negativas de una manera más fluida y madura», señala.

El punto de partida

Por su parte, Aída Rubio explica que las emociones negativas son «la punta del iceberg, pero debajo hay otros factores que la originan, como una situación problemática o unas malas habilidades de manejo de las emociones». «Si no miramos de frente a la emoción es imposible que podamos ser conscientes de todo esto y hacer los cambios necesarios en nuestra vida para mantener un bienestar emocional», dice.

«En resumen, es importante entender que, al igual que las emociones positivas, las negativas son naturales, necesarias y útiles siempre que se experimenten y expresen en su justa medida, de acuerdo a las circunstancias», recuerda Rafael San Román.

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