El equipo que asumirá en marzo la conducción del gobierno se ha propuesto hacerlo con un sentido de unidad nacional.

Noble objetivo, aunque sea triste que haya que anunciarlo expresamente, como si no fuera ese el marco en el que todo gobierno debiese actuar.

Pero Chile entero sabe -con independencia de la postura política de cada compatriota- que los últimos cuatro años se enfocaron justamente del modo contrario. Aquel país, el que iba a ser un “Chile de todos”, según rezaba el eslogan de campaña de Bachelet, ha terminado siendo controlado por una pequeña minoría partidista, oligárquica y funcionaria que se propuso reformar estructuralmente todo lo que encontrara a su paso.

Y ahí radica la primera dificultad que encontrará el nuevo gobierno. “Vamos a resistir”, me contaba pocos días atrás un buen amigo que habían dicho sus colegas neomayoritarios, en un determinado servicio público.

Resistencia, no oposición.

Resistencia, con todo el aire a triquiñuela, a macuquería y quizás, incluso, a sabotaje que tiene aquella expresión. Resistencia que vendrá desde dentro del Estado, de buena parte de sus funcionarios, y también desde las izquierdas partidistas y parlamentarias, porque la unidad nacional es, para su mirada confrontacional de la vida, un imposible mientras no se haya producido la derrota del enemigo, mientras no se haya bajado de los patines a todos los que se desplazan de ese modo, mientras no se haya retroexcavado todo el patrimonio de lo propiamente chileno.

Pase por el cedazo a un izquierdista, a cualquiera que asuma sinceramente esa mirada, y quedará retenida la hilacha de la lucha de clases, ese grumo del que se alimentan.

Por eso, para el nuevo gobierno va a ser tan difícil conseguir el apoyo de las izquierdas a la unidad.

Pero eso no es todo.

También le costará a la nueva administración aprovechar las virtudes que tienen los centros políticos como articuladores de objetivos de unidad nacional. Cuando los centros son ideológicos y mesiánicos -como lo fue por décadas la DC- no logran cumplir ese papel y terminan sumándose a un costado, a la izquierda, en el caso concreto de Chile. Pero cuando los centros son más pragmáticos, más dialogantes -los radicales de mitad del siglo pasado-, la tarea unificadora se facilita.

El problema está en que la coalición de partidos que en marzo va a asumir el gobierno ha hecho casi todo lo posible por situarse ella misma en el centro pragmático, aunque gran parte de la población la percibe como una auténtica derecha. ¿Se puede procurar la unidad nacional si la propia ubicación en el espectro político resulta tan ambigua? ¿Se va a lograr mantener el pragmatismo centrista cuando buena parte del electorado que votó por Piñera en segunda vuelta se define como de derecha? ¿Va el gobierno a copar efectivamente el centro para intentar articulaciones desde esa postura, corriendo el riesgo de que los acuerdos más difíciles sean entonces con la verdadera derecha?

No se tratará solo de este o de aquel proyecto de ley o de aquella política concreta, sino de toda una mirada a la persona humana en la que el centro pragmático y la derecha doctrinaria ciertamente difieren. Mientras más centrista sea el gobierno, más complicada será su unidad con la auténtica derecha.

Pero puede haber para la nueva administración una gran plataforma unificadora: lo que diga el Papa Francisco en Chile, dentro de apenas dos semanas.

Carentes de mirada común, los chilenos seremos remecidos por un mensaje más ancho, más alto, más hondo, más largo. Un mensaje en el que cabrán muchos puntos de acuerdo, muchos más que los que puedan imaginar los políticos.

Esta vez Piñera podría comenzar con un terremoto a su favor.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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