La primera tentación pudiera ser recurrir al expediente del balance. Se trata de un recurso sospechoso, por cuanto la mayoría de las veces se acomodan los argumentos e interpretaciones, para así explicar o justificar -con la seguridad propia de quienes pontifican ex post- sobre acontecimientos y resultados que en su momento generaron muchas dudas y vacilaciones.

En lo personal, soy más bien de los que se declaran perplejos, y reconozco la tremenda inseguridad que me generan las tradicionales herramientas y usos con los cuales hacemos un esfuerzo por interpretar la realidad política y social. Pese a que nos hemos equivocado tantas veces, habrá siempre quienes -con un envidiable desparpajo camaleónico- pueden transitar entre una a otra tesis, por más contradictorias que éstas sean, presentando como grandes descubrimientos del presente, aquello que solo confirma que estaban profundamente equivocados en el pasado. Otros, con algo más de elegancia, pero no por eso de forma menos obscena, se reafirmarán en sus dichos, ya sea acomodando lo que habían sostenido o, peor todavía, negando el literal sentido de lo que muchos leímos o escuchamos.

Como sea, para mí el 2017 fue un año de profundos contrapuntos y contradicciones. Así como fuimos incapaces de anticipar el magro resultado electoral de la derecha en la primera vuelta de la elección presidencial, menos todavía previmos la contundente paliza que nos darían en el balotaje. Fue una sorpresa la mediocre convocatoria que el Frente Amplio tuvo para las primarias, pero mayor fue el asombro al constatar que meses después elegían a 20 diputados y que estuvieron a punto de pasar a la segunda vuelta electoral. Y Michelle Bachelet, aquella impermeable política que vimos sucumbir durante buena parte de su mandato, dejará la Presidencia de la República como la indiscutible figura de las fuerzas de centroizquierda.

Fuera de la contienda estrictamente electoral, una de las grandes victorias para la causa feminista -me refiero a la despenalización del aborto en tres causales- fue precedida por el inhumano y vejatorio tratamiento de los medios y jueces al crimen contra Nabila Rifo. Así también, se destapaba el robo del siglo al interior de Carabineros, para después constatar que ningún candidato acusado por casos de corrupción lograría entrar al Congreso. El 2017 la selección chilena de fútbol ganó la China Cup y quedó fuera del Mundial de Rusia; la U salió campeón del torneo de clausura y lo propio hizo Colo Colo en el de transición; o el fuego desató un infierno en nuestros bosques, para después tapar con nieve nuestra capital.

No tengo idea de cómo vendrá el 2018 y, esperando que sea bueno para Chile y su gente, solo me resta desearles Feliz Año Nuevo.

/Columna de Jorge Navarrete para La tercera

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