No sorprende que Michelle Bachelet culmine sus giras internacionales presidenciales con una visita al dictador cubano Raúl Castro. No sorprende, porque sabemos que en su alma anidan simpatías hacia Fidel Castro, a quien tras su deceso calificó de “líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina”; hacia el régimen castrista, que lleva 59 años en el poder, y a algunos Estados socialistas, como la RDA, que desapareció en 1990 por decisión de sus ciudadanos. En un país democrático como el nuestro, su presidenta/e tiene derecho a celebrar a dictadores, pero sus ciudadanos también tienen derecho a criticar su doble estándar: Bachelet condena (con razón) a una dictadura de derecha que duró 17 años, pero se emociona con una tiranía totalitaria de izquierda que se acerca a los seis decenios.

Lo que sí sorprende es que, con su visita a La Habana, la líder de la izquierda chilena esté hurgando en una llaga abierta en su sector. Su viaje es al pasado, porque rinde tributo a un régimen que fue por mucho tiempo bandera de la izquierda criolla y regional, pero que hoy, por su fracaso político y económico, la divide. Se trata de un incómodo desplazamiento, pues deja al desnudo un parteaguas que separa a fuerzas socialdemócratas, reformistas y centristas, por un lado, y a las que se identifican con el socialismo clásico, el Socialismo del Siglo XXI o el populismo estatista, por otro. Y desconcierta también a los socialcristianos auténticos, que creen en la democracia liberal, el pluralismo y el respeto a los derechos humanos.

Curioso que Bachelet no se plantee que lastima a muchos en su sector, porque en un régimen como el cubano, ninguno de los partidos que la han apoyado en sus dos gobiernos -salvo el comunista- podría existir. Los socialdemócratas, el PPD y la DC lo saben: partidos de sus colores o tendencias no solo están prohibidos, sino que son reprimidos duramente en cuanto empiezan a emerger. Muchos cubanos de esas sensibilidades han pagado con cárcel, exilio o muerte por sentir como un socialdemócrata o un socialcristiano. Y todo eso no puede barrerse bajo una alfombra de cálculos políticos y apego al poder en Chile. Curioso que la Mandataria, en sus últimas semanas en ejercicio, vuelva a La Habana, donde sufrió un faux pas político en 2009, y hasta perdió contacto con sus escoltas de Carabineros por salir presurosa con la seguridad cubana a una audiencia que le concedió un Fidel ya supuestamente “retirado”.

El gesto de Bachelet tiene un lamentable e insensible correlato en las Juventudes Comunistas de Chile. Estas acaban de conmemorar la llegada de los Castro al poder enviando su “más fraternal saludo al pueblo cubano que sigue luchando contra el imperialismo norteamericano y sus secuaces”. Lo cierran con un “Patria o muerte. ¡Venceremos!”, que huele a Che Guevara, Castro, Chávez, Ortega y Maduro, a intolerancia y dogmatismo.

Los comunistas criollos, que sufrieron persecución y exilio bajo el régimen militar, aplauden a la dictadura de los hermanos Castro, la identifican con la voluntad del pueblo y tratan de “secuaces” a los cubanos que no la apoyan ni gozan del derecho a escoger el gobierno que deseen. Tanto la simbología del viaje de Bachelet como la apología comunista a la dictadura cubana muestran que la Nueva Mayoría, o una nueva constelación similar que surja, no podrá disimular las insalvables diferencias que la cruzan en lo relativo al modo en que entienden la democracia, la libertad y los derechos humanos. Tratar de ignorar esto, considerarlo una diferencia menor y manejable, y continuar tejiendo alianzas entre partidos que discrepan en asuntos tan esenciales, está condenado a generar alianzas y eventuales gobiernos erosionados desde un comienzo por divisiones y crisis.

¿Qué lleva a Bachelet, en el crepúsculo de su segundo gobierno, a realizar un gesto simbólico a una dictadura que no contribuye a la unidad, pero sí a la división de las fuerzas que la acompañaron? ¿Constituye su abrazo con el castrismo un cierre de inventario, o el inicio de una nueva etapa en su vida política, más radical? ¿Su valoración de los fracasados regímenes de partido único y economía estatizada integra el legado final de Bachelet, o construye la plataforma de una actividad política futura nacional o internacional? Está por verse. El secretismo es parte de su escuela política.

Es de esperar que la Mandataria, que sufrió en carne propia los rigores de una dictadura, recuerde en La Habana la etapa en que Chile contó con respaldo internacional para recuperar su democracia, y se reúna con quienes discrepan del castrismo. Ahí están opositores al régimen, organizaciones no gubernamentales, grupos disidentes, las Damas de Blanco, agrupaciones de derechos humanos, intelectuales y periodistas independientes. Si pudiese hacer ese gesto solidario y democrático hacia quienes piensan diferente al régimen instaurado por los Castro en 1959, Bachelet estaría enriqueciendo y humanizando el legado que aspira a dejar. De lo contrario, su legado en lo relativo a Cuba dirá: Apoyó hasta el último día a la dictadura castrista.

Con su visita a La Habana, está hurgando en una llaga abierta en su sector.

/Blog de Roberto Ampuero en el diario El Mercurio

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