Llama la atención que aquellos que se autocalifican de progresistas, en realidad se refieren así exclusivamente a temas valóricos, lo que sin duda es subjetivo. El aborto, matrimonio igualitario, drogas y otros son temas importantes del debate social, pero es apenas parte del “progreso” y con posiciones encontradas. Los “guardianes” de los valores han sido siempre las religiones, las que curiosamente tienen distintos conjuntos de valores muchas veces opuestos entre sí.

Por ello, en esencia el “progresismo” ha sido por un lado normalmente un movimiento antirreligioso y, por otro, un intento de corregir problemas precisamente derivados del “progreso”. Por ejemplo, la condición social que emerge de la revolución industrial, o los procesos de urbanización. La izquierda que se autocalifica como progresista tiene una posición formal contra las religiones que alguna vez llamaron el opio de los pueblos.

Progresismo se opone a conservadurismo más que retroceso. Es una diferencia sutil, pero relevante. El camino recorrido siempre tiene una lógica profunda, anclada en la esencia del ser humano. La sabiduría más elemental recomienda respetar y entender el sentido de la historia, y la importancia de progresar en algunos aspectos a la vez. El caballo de batalla política de los progresistas es la idea de las “reformas”, que responden normalmente a ideologías políticas muy sesgadas. No toda reforma nos deja mejor que al inicio, no solo porque pueden estar muy mal pensadas, sino porque son difíciles de implementar. El “progresismo” vociferante no cree en la importancia de los acuerdos, sino en el “avanzar sin transar”.

Los “progresistas” tienen muchas vertientes revolucionarias que impusieron largas dictaduras que difícilmente podrían calificarse como progreso.

Si miramos la historia de la civilización sin duda constatamos un progreso fenomenal en diversos ámbitos. El progreso en efecto tiene múltiples direcciones, no solo la valórica, que es en esencia subjetiva.

El concepto de progreso es esencialmente relativo, como todas las ideas que provienen de nuestra consciencia dual. La industrialización fue progreso en relación a la agricultura, y ésta en relación a la vida nómade. Pero aún hoy, por ejemplo para los ecologistas, la industrializaación puede no ser vista como progreso. De hecho, hay cosas que tienen el doble aspecto de progreso y retroceso a la vez. La comida chatarra facilita la alimentación rápida, y la productividad, pero no es en general saludable. ¿Es progreso? De estos ejemplos hay demasiados en todos los ámbitos.

En mi opinión, el único progreso real para el ser humano es la libertad esencial. No hay dos seres humanos iguales y eso no es trivial. Es decir, el verdadero progreso es el poder lograr lo máximo de lo que cada ser humano es. Como vivimos en sociedad, debemos “sacrificar” algo de nuestra libertad personal en favor de lo colectivo para poder convivir adecuadamente y para poder resolver problemas que pertenecen a la sociedad más que al individuo.

En ese sentido, los verdaderos progresistas son aquellos que defienden la libertad de modo que cada cual pueda definir lo que es su propio progreso. Para que cada cual busque su propio camino de libertad esencial. Aquellos que quieren imponer sus ideas sobre el resto no podrían ser calificados de progresistas. Solo es progresista aquel que respeta profundamente la diversidad y la libertad. Estos atributos no le son propios a la izquierda antigua, lamentablemente la mayor parte de la que tenemos en Chile. La doctrina de la lucha de clases jamás podría ser considerada como progresismo. El Estado omnímodo que claramente castra las libertades, no es progreso. Los gobiernos que no se focalizan en la pobreza tampoco lo son.

En fin, es importante no dejarse llevar por eslóganes políticos . Todos los seres humanos son progresistas en esencia y es solo la libertad la que permite el verdadero progreso. La sociedad de oportunidades es la más progresista en definitiva.

/Columna de Sergio Melnick para La Tercera

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