Últimamente se ha diseminado la idea según la cual la elección pasada fue algo así como un plebiscito acerca de la modernización capitalista: esta vez el SÍ estuvo por el lado del voto por Piñera, y el NO por el lado del voto por el Frente Amplio (FA). No me parece: ni el apoyo a Piñera es un endoso ciego al curso que sigue la sociedad chilena, ni el respaldo al FA es la negación total a una trayectoria estrechamente apegada a la economía como soporte del consumo y del estatus, ni su condena por ser fuente de miserias antes que de bienestar.

La visión dicotómica según la cual de un lado está la modernización, y con ella la razón, los intereses, el consumo, el capitalismo y la globalización, y del otro el comunitarismo con su estela de creencias, pasiones, religiosidad, socialismo y proteccionismo, me temo responde más a las condiciones de los siglos 19 y 20 que a las del siglo 21. Es la lección que nos dejan fenómenos que no encajan en esa dicotomía, como el fundamentalismo religioso, los triunfos del Brexit y de Trump, o la debacle de las corrientes políticas que marcaron el rumbo del mundo en el último medio siglo. El surgimiento del FA hay que entenderlo desde este registro.

Aunque de él forman parte grupos y figuras que llevan muchos años en escena, cambiando de domicilio político con cierta asiduidad, el tronco y el liderazgo del FA está constituido por jóvenes -o mejor dicho, estudiantes y nuevos profesionales- que adquirieron protagonismo con el movimiento de 2011. No es extraño, por lo mismo, que sus reivindicaciones fundamentales giren alrededor del costo y el rendimiento de la educación.

Esa dimensión generacional es clave para intentar comprender el FA. En gran medida, este expresa el hastío de los jóvenes educados hacia la parsimonia de la generación precedente, marcada por un temor al caos y la incertidumbre que viene de las crisis que le tocó vivir, y una visión lineal, no disruptiva, del progreso humano.

La generación del FA no conoce el mundo de sus antepasados, aquel dominado por el temor a la escasez, y no tiene por qué hacerlo. Ella teme más bien a la abundancia, que de seguir como está llevaría a la destrucción del planeta. Esto es lo que fija los límites de sus actos y guía su conducta política, no las leyes de la economía o del mercado, ni menos la meta del crecimiento económico. Esto le lleva a desconfiar, por igual, del capitalismo y del socialismo.

Los líderes del FA no creen en la noción del bien común, ni que este sea dominio del Estado. Apuestan, más bien, a la energía creativa que surge del conflicto, y en este sentido están más cerca de los ” animals spirits ” del liberalismo que del centralismo socialista. No ven tampoco el debate democrático como un espacio para generar acuerdos o consensos, como aprendieron quienes pasaron por la ruptura de 1973 y/o sufrieron sus consecuencias. No siguen a Rousseau, sino a Carl Schmitt, para quien la política solo puede funcionar en base a la oposición amigo-enemigo.

El FA es un movimiento que nace de una sociedad de clase media, no de pobres. No reclama por la exclusión, pues es parte de la modernidad: se rebela, sí, contra sus rasgos oligárquicos, reivindicando un debate sobre los fines, no solo los medios.

El FA abraza la globalización, no el aislacionismo, con líderes e intelectuales que han sido formados no en las oscuras estructuras de los partidos políticos, sino en las luminosas aulas de las mejores universidades del mundo, donde se han empapado de las sensibilidades y expectativas que ahí reinan. Para decirlo de otro modo, el FA es antes hijo de Becas Chile que de Techo para Chile.

En suma, apelando a un cliché, diría que el FA no es antimoderno: es más bien posmoderno.

/Blog de Eugenio Tironi en El Mercurio

/gap