En política, las palabras y los gestos son tanto o más importantes que una decisión pública oficial. La lógica de la retroexcavadora y los videos despectivos en contra de los “poderosos de siempre” fueron aún más dañinos para la inversión privada que la pésima reforma tributaria que se implementó en nuestro país. De igual manera, frases como “meterles la mano al bolsillo” a los más ricos o terminar discursos con el puño izquierdo en alto y evocando al Ché Guevara con su “hasta la victoria, siempre” le terminaron pasando la cuenta al candidato presidencial Alejandro Guillier.

Del mismo modo, los países que un Presidente decide visitar, las figuras a quienes elogia o los silencios que guarda son muy expresivos respecto de su carácter, sus adhesiones y también terminando formando parte de su “legado”. En ese sentido, de todos los viajes presidenciales, pocos destacaron más que las visitas de la Presidenta Bachelet a Alemania, Vietnam y Cuba, porque muestran el lado más íntimo de nuestra Jefa de Estado y sus convicciones más profundas.

El viaje a Alemania en octubre de 2014 tenía un especial significado, puesto que se conmemoraban los 25 años de que el pueblo alemán derribara el Muro de Berlín, que dividía la capital germana en una zona democrática y otra controlada por la dictadura comunista de Erich Honecker. En la ocasión, la Pesidenta Bachelet guardó silencio y no destinó palabra alguna para condenar los crímenes y las violaciones a los DDHH en la extinta República Democrática Alemana. Muy por el contrario, en 2006 había recordado como un tiempo “muy feliz” su exilio en la RDA, y su madre declaró que ésta había sido un “ensayo interesante de haber logrado una sociedad más justa y equitativa”. Respecto a las violaciones a los DDHH, Ángela Jeria sostuvo que “yo nunca supe. Yo cómo puedo condenar (a la RDA) si nunca vi ni conocía gente allá que hubiera sido arrestada, que hubiera sido torturada, que hubiera sido detenida desaparecida, que estuviera presa”. En realidad, ambas fueron muy admiradoras del dictador Honecker.

En noviembre de 2017, de visita en Vietnam, la Presidenta declaró que uno de sus personajes favoritos era Ho Chi Minh, mucho más allá de una declaración de buena crianza y de acuerdo al protocolo. Su predilección está puesta en un hombre que, como ha dicho Joaquín Fermandois, “usó el asesinato sistemático como arma privilegiada y, una vez en el poder, ejecutó a algunas decenas de miles (o centenares de miles, las cifras no son claras) de ‘enemigos del pueblo’ y otros muchos más languidecieron en campos de reeducación”.

Su último gran viaje es el de Cuba, donde Bachelet nuevamente omitió las violaciones a los DDHH en la isla y descartó, una vez más, reunirse con la disidencia cubana, en especial con las Damas de Blanco. Aunque para ser honestos, lo sorprendente hubiese sido que la Presidenta condenara a la dictadura cubana y accediera a reunirse con los hombres y mujeres cuyos derechos son violados sistemáticamente por un régimen familiar que ya se extiende por casi seis décadas.

La justificación del viaje era el supuesto fomento de las relaciones bilaterales comerciales, aun cuando el periplo terminó sin acuerdo comercial alguno ni anuncios relevantes en la materia. El único acuerdo firmado por la Presidenta Bachelet fue el protocolo de intercambio con la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, organización que tiene como uno de sus fines, “rechazar y combatir toda actividad contraria a los principios de la Revolución”. Será interesante saber cómo eso beneficiará a la política comercial chilena.

Estos viajes, que forman también parte de su legado presidencial, dejan a Chile con una triste herencia en materia de defensa de la dignidad y libertad de la persona humana: a la hora de elegir, la Presidenta optó por su admiración personal a las dictaduras de Honecker, Ho Chi Minh y los hermanos Castro, ninguna de las cuales significa un bien para Chile. 

Para El Líbero, Julio Isamit, coordinador político Republicanos

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