Las palabras del Papa dirigidas a las reclusas del Centro Penitenciaro Femenino fueron de una profundidad y una sabiduría extraordinarias, en especial debido a las oyentes a las que iban dirigidas, todas, sin excepción, sufrientes del hecho de estar presas todos los días. Dado que realicé mi práctica profesional para recibirme de abogado hace algunos años en la Cárcel Pública de Santiago, sé lo que significa vivir en prisión y las ansias de libertad que lleva cada uno de los privados de libertad. Y, el Papa, les dijo a las mujeres presas que no habían perdido la dignidad y, más aún, que lucharan por su pronta vuelta a vivir en sociedad, y sin perder la esperanza. Durante los seis meses de mi práctica hice buenos amigos presos; a muchos los seguí viendo después, una vez libres, y me iban a dar las gracias por lo poco que hice. Un preso o presa merece el respeto igual que toda persona y ser tratadas y tratados por sus custodios como tales.

Espero que las palabras de Francisco no caigan en el vacío.

C arta al diario La Tercera de Enrique Ortúzar Santa María

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