El acto más importante de la visita papal no tuvo lugar en La Moneda, el Parque O’Higgins o la Catedral. El principal discurso no lo pronunció Bachelet o Francisco, tampoco saldrá en documentos oficiales ni llegará a ocupar un titular destacado en la prensa extranjera.

Si en estos cinco años de enseñanzas de Francisco hay algo de verdad, si la renovación que lleva a cabo busca ser auténtica, entonces no hubo ni habrá actividad más importante que el encuentro de ayer con 400 reclusas en la cárcel de mujeres.

Y la lección esencial para un cristiano, y para cualquier persona con el corazón bien puesto, no hay que hallarla en la página del Vaticano, sino en las palabras de Janeth Zurita, una reclusa condenada a 15 años por narcotráfico.

Mientras el resto de los chilenos se acusan y excusan, Janeth pidió perdón con una sencillez que desarma. Cuando estamos enfrascados en mil discusiones supuestamente muy importantes, esas 400 mujeres mostraron con sus cantos, sus rostros y sus gestos que están dispuestas a “parir esperanza”, como dijo el Papa con ese lenguaje singular que lo caracteriza.

Si alguien quiere saber qué es el cristianismo, si tiene dudas de fe o, por el contrario, está orgulloso de ser “muy católico”, me permito sugerirle que dedique una hora de su vida a ver con toda calma, sin saltarse un minuto, cada uno de los detalles de ese encuentro, desde que el Papa se baja del auto hasta que se vuelve a subir en él.

Allí, en ese pedazo de Santiago protegido por unas altas murallas, no estaba Francisco, ni Bergoglio, ni el Papa, ni el obispo de Roma. Durante unos minutos hubo un hombre de nuestro tiempo que fue poseído por otro; su espíritu se identificó con el del extraño rabí judío que gozaba juntándose con gente de turbio pasado; un singular maestro que causaba las iras de la gente correcta. Francisco siguió los pasos y las actitudes de un antiguo carpintero cuyo comportamiento resultaba incomprensible para quienes querían tener un templo y participar de una liturgia donde solo hubiese hombres y mujeres de elevada pureza.

Bastaba verle la cara a ese anciano de 81 años para darse cuenta de que, si de él dependiera, habría dejado que pasaran las horas. Sospecho que Francisco siente que Janeth y esas 400 mujeres son las únicas que hasta ahora lo están entendiendo. El Papa querría simplemente oír a cada una de esas 400 mujeres, y bendecir a cada uno de sus hijos, esos niños que, según la ley, al cumplir dos años de edad serán arrebatados de sus madres y entregados a algún pariente o al Sename.

Y si a nosotros no se nos cae la cara de vergüenza, si no nos preguntamos quién está realmente libre y quién es el preso, es porque estamos aquejados de una frivolidad que ni siquiera el ejemplo de esas mujeres es capaz de curar.

El acto de la cárcel nos permitió también ver a Michelle Bachelet, la de verdad: en segundo plano, profundamente conmovida. Es la Michelle que todos queremos, también sus adversarios. Ya tendrán los legisladores, a partir de marzo, una tarea importante, si se toman en serio el discurso de Janeth. Pero si la Presidenta quiere dejar un legado indiscutido, bien podría seguir los dictados de su corazón y aprovechar estos días para otorgar un puñado de indultos a algunas de esas mujeres. No será un regalo para el Papa, será para Chile.

Columna para El Mercurio de Joaquín García-Huidobro , Instituto de Filosofía
Universidad de los Andes

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