Fue un Francisco, el barco “San Francisco Javier”, el que trajo a Chile, hace 425 años, a los primeros jesuitas en pisar nuestra tierra. Entre ellos venía el valiente padre Luis de Valdivia, quien se destacaría por su defensa firme de los derechos de los pueblos originarios y sus alegatos en favor de la convivencia pacífica entre españoles y mapuches.

Desde anoche dejó suelo patrio otro Francisco. Jesuita como Luis de Valdivia. Jesuita como lo fue Alonso de Ovalle, aquel a quien debemos maravillosas descripciones de nuestra geografía (“rayando el sol en aquella inmensidad de nieves y en aquellas empinadas laderas y blancos costados y cuchillas de tan dilatadas sierras, hacen una vista que aun a los que nacemos allí y que estamos acostumbrados a ella, nos admira y da motivos de alabanza al creador, que tal belleza pudo crear”). Jesuita como también lo fue Diego de Rosales que, aun cuando nacido en Madrid, vivió casi toda su vida adulta en Chile, legándonos una notable “Historia General del Reyno de Chile”.

Son muchas, sin duda, las cosas que se han dicho y escrito a propósito de la visita del Papa Francisco. Sin pretender mayor novedad, quisiera detenerme en su condición de sacerdote jesuita y lo que eso puede significar para nosotros.

Fue hace mucho tiempo, casi seis décadas, que el joven novicio argentino Bergoglio vino a Chile por primera vez. Llegó a formarse en un ambiente espiritual ignaciano marcado a fuego por el testimonio de un Alberto Hurtado que había fallecido unos siete años antes. Deben haber sido incontables los cuentos que debe haber escuchado Bergoglio sobre el Santo de los niños olvidados y perdidos. La presencia de Hurtado en la memoria y vivencia de los hermanos que lo conocieron personalmente, tiene que haber impactado en el alma del joven sacerdote trasandino. Ahí estaban, además, para apreciar en su acción las obras vivas de su apostolado (Hogar de Cristo, Revista Mensaje, sindicalismo cristiano, etc.).

Su Santidad ha dejado un espacio en su agenda para reunirse con los 124 miembros que la Compañía de Jesús tiene en Chile (no deja de asombrarme, entre paréntesis, cuánto bien pueden hacer ¡124 personas!, especialmente cuando pienso en lo poco o nada que hacemos instituciones u organizaciones de las que formamos parte 20.000 0 30.000 individuos). Especialmente emotivo será, asumo, el reencuentro de Francisco con el padre Carlos Aldunate, hoy de 101 años, y que, a principios de los 60, fuera uno de sus principales maestros formadores.

Muchas han sido las experiencias de vida que han forjado el carisma especialísimo de Bergoglio/Francisco. Me atrevo a pensar que la impronta de nuestro Santo de la calle ha sido una de ellas. Por eso, cuando lo escucho hablar de “pastores con olor a oveja” o lo veo indignarse con el trato que le damos a los más pobres, no puedo dejar de sentir que, muy a su lado, como la mejor de las compañías, está nuestro San Alberto Hurtado.

Columna de Patricio Zapata para La Tercera

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