Ya está: el Papa vino, dijo y se fue. Esto era todo. Lo que dijo es exactamente lo que quería decir, no lo que otros -pocos o muchos- querían que dijera. Una visita pastoral de escala papal puede ser una amplísima gama de cosas. La que Francisco hizo a Chile es, por así decirlo, el modelo básico, casi de escala diocesana. El Derecho Canónico establece que en ese modelo, el encargado de la diócesis, el obispo, se reúna con el clero, visite las parroquias y se encuentre con los laicos. Siempre debe reforzar, vitalizar, alentar, la práctica activa de la fe. Pero sobre todo se debe preocupar de que sus subalternos, los sacerdotes, hagan su trabajo. Francisco ha inventado una figura -¡tan argentina!- para explicar esta exigencia: le gustaría, ha dicho, ver “pastores con olor a ovejas”.

A este Papa le toca hacer esto en un mundo secularizado, donde las ovejas se niegan a serlo, y el Vaticano ha visto extenderse la larga sombra del agnosticismo por el territorio que le fue más propio por 17 siglos, desde que el emperador Constantino decidió convertirse al cristianismo: Europa. Retrocedieron primero -pero no de la fe, sino del Papa- Alemania, Inglaterra y Rusia, y más tarde, en el despiadado siglo XX, Francia, Italia, Irlanda, Portugal, España. El cristianismo atraviesa por un ciclo depresivo en el que los escándalos sexuales son únicamente contribuciones de enorme inoportunidad, pero de ningún modo el origen.

A los chilenos que les gusta compararse con la Ocde les vendrá de perillas este nuevo dato: Chile se está pareciendo a Europa, porque el Papa ya no arrastra multitudes, ni siquiera llena los espacios disponibles para su público. Esquivo público, habría que decir, por un sinnúmero de razones posibles: el calor, el inicio de la segunda quincena de vacaciones, las dificultades para entrar, el enojo con la jerarquía y todo lo que se quiera agregar. Pero nada de esto es lo central.

Lo nuclear, lo que está antes y detrás del fenómeno de distanciamiento de la Iglesia es la mutación en la sociedad chilena, que ha cambiado el domicilio de sus ansiedades. Abultadas razones históricas hacen imposible -e innecesario- comparar la visita de Francisco con la de Juan Pablo II en 1987, un año y medio antes del plebiscito en que el general Pinochet sería derrotado. Pero si la cortedad de imaginación nos obliga a hacerlo, lo primero que hay que decir es que el de entonces era un Chile asfixiado por la situación política, pero sobre todo desesperado por su propia pobreza, ansioso de horizontes que no divisaba, pesaroso, dividido, con miedo.

La otra cara de la visita pastoral es, por supuesto, el pastor. Francisco es un Papa extraño y fascinante en muchas latitudes del mundo, menos en el Cono Sur, donde se conocen sus posiciones políticas, su currículo sacerdotal y hasta las bases de su teología; lo que en otras partes es misterio, por estas latitudes es material conocido y no por conocer. Esta es una situación ambivalente: para algunos significará mayor cercanía; para otros, mayor escepticismo. Quizás nadie lo diría así, pero un Papa del Cono Sur hace posible que el Cono Sur dude un poco más de su infalibilidad (dogma que, dicho sea de paso, tiene sólo un siglo y medio).

Al parecer, sin calibrar finamente lo que ocurre entre la grey y la jerarquía chilena -no una ruptura, pero sí ese roce electrificado que cualquier chileno puede percibir hace varios años-, Francisco excedió sus gentilezas con el obispo de Osorno, Juan Barros, que pastorea un piño gravemente dividido, y el obispo Barros excedió sus selfies con el Papa. Y por culpa de esa parestesia, la presencia y las declaraciones del obispo Barros empezaron marcando la visita pastoral, y quizás terminaron teniendo alguna incidencia en esa falta de entusiasmo que es la escasez (relativa) de público. La (relativa) indiferencia que Francisco mostró hacia los conflictos locales puede haber sido respondida con otra indiferencia parecida. Es sólo una hipótesis, que ni siquiera se puede probar. Pero así como la visita de Juan Pablo II será recordada por sus liturgias gigantescas y dramáticas, ahora parece posible que la de Francisco sea recordada por la refriega del obispo Barros. Menuda desmesura.

En todo caso, el Papa dejó meridianamente claro que, sobre el principio de la presunción de inocencia, defiende al obispo Barros sin doblez ni equívoco alguno. Es posible que esto multiplique la ira de quienes desearían ver al obispo expulsado de Osorno y castigado a las penas del averno, pero ya no cabe que alberguen dudas: el Papa respalda a su obispo.

Dicho esto, es un hecho que el riesgo que representaba la visita de Francisco se ha esfumado: ni hubo palabras descuidadas en La Araucanía, ni deslices sobre política interna, ni referencias a la controversia con Bolivia. El gobierno chileno ha podido respirar con alivio y su diplomacia se habrá felicitado con toda razón. El presidente electo Piñera habría querido -como dijo- más consejos, pero eso sólo lo pone en la fila de las víctimas de El Bosque, la machi Linconao, el Movilh, los presos de Punta Peuco y otras decenas de grupos y personas. Nada más. Nada personal.

Y, por su lado, el Papa se quitó de encima una parte de su compromiso pastoral -visitar a la grey de su diócesis de origen, América Latina- en un país en plena transición de gobierno, cuando ningún laico tiene todo el poder, ni el poder está en un solo laico. Ha sido un guión muy bien escrito, sobre algunos renglones torcidos, que será memorable por la misma razón que lo son los mundiales o algunas catástrofes: porque no ocurren todos los días.

/Columna de Ascanio Cavallo para La Tercera

/gap