Reconozco que el Papa Francisco me sorprendió. Si bien su energía, su tono y su puesta en escena, fueron muy poco atractivas en comparación con el recuerdo que todos teníamos de Juan Pablo II, su mensaje fue ponderado, profundo y cautivador.

El Papa hizo su prédica en el Parque O’Higgins basándose en las bienaventuranzas. A mí siempre me han gustado las bienaventuranzas. Encuentro que son un mensaje simple y universal. Un compendio de ética que podría ser válido para cualquier ser humano independientemente de su religión e incluso para los que no tienen fe alguna. A riesgo de ser excomulgado por interpretar libremente las escrituras, el siguiente es un resumen de las ocho bienaventuranzas que Jesús predicó en el Sermón de la Montaña: 1) Felices los que no son fanfarrones, 2) Felices los que no son agresivos, 3) Felices los que son capaces de emocionarse, 4) Felices los que les molesta la injusticia, 5) Felices los que son capaces de perdonar, 6) Felices los que son honestos, 7) Felices los que buscan la paz, 8) Felices los que son atacados por defender sus valores.

Francisco le da una fuerza inesperada, al menos para mí, al mensaje de Jesús, al llamarnos a la acción. No basta hablar bonito y criticar a los que se portan mal. En palabras del propio Papa: “Las bienaventuranzas no nacen de una actitud pasiva frente a la realidad, ni de los profetas de desventuras, ni de los que prometen la felicidad con un click”.

El Papa nos llama a ser partícipes activos de la sociedad en que vivimos. Nos dice: “Las bienaventuranzas no salen de actitudes criticonas, ni de la palabra barata de aquellos que creen saberlo todo y no se comprometen con nadie”, y agrega: “El trabajador de la paz sabe que muchas veces es necesario vencer grandes mezquindades. Sabe que no alcanza con decir ‘no le hago mal a nadie’”.

A semanas de inaugurar un nuevo gobierno para Chile, las palabras del Papa Francisco nos caen como anillo al dedo. Su mensaje nos conmina a no restarnos de participar ayudando activamente para que el próximo gobierno sea exitoso para todos los chilenos. Nos reta a disentir sin violencia, a ponernos en el lugar del otro y ser intelectualmente honestos.

El mensaje del Papa Francisco se transforma de esta manera en un manual de convivencia cívica. Una clase maestra de cómo debemos entendernos los chilenos para ser una nación más pacífica, próspera y justa.

Cuando muchos pensábamos que la venida del Papa era peligrosa porque podría abrir heridas del pasado, criticar nuestro sistema económico o enemistarnos con los bolivianos, Francisco nos sorprende con un mensaje de que mira al futuro, que nos llama a la unidad y nos zamarrea para que hablemos menos y hagamos más. Gracias Papa Francisco.

Columna de José Ramón Valente para La Tercera
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