Y el Papa habló del caso Barros: “No hay una sola prueba en contra. Todo es calumnia”. Sus palabras, con todo, despiertan en mí sentimientos y recuerdos contradictorios.

Parece que no corresponde que un Papa entre al terreno chico de la política eclesiástica chilena: con estas declaraciones toma riesgos excesivos. Pero ¿es en verdad un “terreno chico”? ¿No constituye la presunción de inocencia uno de los dos o tres pilares que apoyan toda nuestra cultura?

Si el Papa hubiese removido a Barros, unos habrían aplaudido con entusiasmo. Los otros, comenzando por mí, habríamos mirado para otro lado y cambiado de tema. “Bien muerto, mal matado”, habríamos pensado, aliviados por deshacernos de un personaje tan incómodo como Gregorio Samsa para su familia, en La Metamorfosis de Kafka.

Que me perdonen los vaticanistas, los canales de televisión, las víctimas, los columnistas y la demás gente que se ha sumado a este clamor implacable: no comparto todo lo que el Papa dice o hace; pero su imagen se me agigantó al ver que estaba dispuesto a pagar costos indecibles por hacer lo que considera justo. Puede estar en lo cierto o haberse equivocado (de hecho, está dispuesto a recibir pruebas), pero espero que esa lección no se me olvide fácilmente.

También el carácter de las denuncias hace surgir en mí sensaciones y pensamientos que pugnan entre sí. Admiro el valor de los denunciantes, por haber hablado cuando en Chile nadie lo hacía. Muchos los acusaron de destruir la unidad de la Iglesia y sufrieron otros chantajes por el estilo, lo que resulta injusto. Pero aunque la culpa no es suya, no me gusta que la horrible realidad de los abusos se haya concentrado en jóvenes y adultos ABC1, mientras los otros abusados, esos morenitos de pelo tieso, permanecen invisibles.

Se criticó que un Papa que se ha mostrado inflexible en la lucha contra los abusos permitiera la presencia del obispo Barros en las misas. Hubo mil teorías, pero ninguna tan acertada como la de una desconocida señora en el Parque O’Higgins. Con popular teología se preguntó: “¿Y qué hubiera hecho Jesús en su lugar? No habría dejado a nadie afuera”.

La cosa, ciertamente, es más compleja, porque eso no significa que todo el mundo tenga que estar alrededor del altar. Pero el mal se presenta no solo bajo la forma de abusos sexuales: existen las calumnias o, al menos, las acusaciones erróneas, de modo que no resulta justo proceder en estas materias con la justicia de Twitter para salvar apariencias. Esto podrá ser comprensible en la política, aunque no sé si cabe aplicar aquí idéntico criterio, y proceder como si la culpabilidad estuviese acreditada.

Hay un tema, sin embargo, donde no tengo sentimientos contradictorios. Si ponemos la mano en el corazón, todos tenemos dudas sobre nuestra integridad más profunda. Ya lo advirtió Jesús, cuando frustró el linchamiento de una mujer con el simple recurso de remover recuerdos en los acusadores: “El que no tenga ningún pecado, que tire la primera piedra”. Por eso, porque no estamos muy seguros de nosotros mismos, tendemos a poner el mal en algún grupo o persona fuera de nosotros: los marxistas, los musulmanes, los de Punta Peuco, Juan Barros o lo que sea. Así nos convencemos de nuestra elevada calidad moral en la medida en que hacemos gala de una infinita capacidad de indignación.

Con esto nos quedamos muy tranquilos, hasta que llega alguien como Francisco a hacernos algunas preguntas incómodas, que al menos a mí me dejan mal parado. Las hizo en Temuco, en Iquique, en el Parque O’Higgins y, especialmente, en la cárcel de mujeres.

Porque, al final del día, a eso vino Francisco: a remover nuestras conciencias. Y parte importante de esa remoción consiste en cuestionar nuestra progresiva tendencia no solo a olvidarnos de las víctimas de nuestro orden social, sino también a convertirnos fácilmente en victimarios.

Pero nosotros no nos dejamos vencer tan fácilmente. Como necesitamos sacarnos de encima esa incomodidad, tenemos una receta infalible para desoír esos cuestionamientos sin experimentar incómodos cargos de conciencia: así, los chilenos de la élite nos pasamos toda la visita hablando del caso Barros.

/Columna para El Mercurio de Joaquín García-Huidobro, Instituto de Filosofía
Universidad de los Andes

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