La estadía del Papa Francisco en Chile empezó muy bien y terminó mal. Si un objetivo importante de la visita era, como tituló El País de España, “salvar a la Iglesia Católica chilena”, a la hora del balance no es claro que lo haya logrado. La participación del obispo Barros en las misas celebradas en Santiago, Temuco e Iquique, estimulada por el propio Papa según el obispo González de San Bernardo, ha tendido un manto de dudas sobre la sinceridad del pedido de perdón por los abusos cometidos y alentado a quienes afirman que el Papa “dice pero no hace”.

Francamente lo lamento. Aunque no soy creyente (pero me gustaría serlo), el martes pasado me levanté a las 5 de la mañana para participar de la misa que se celebraría en el Parque O’Higgins. Éramos muchos. En el trayecto recordaba la misa celebrada en el mismo lugar por Juan Pablo II más de treinta años atrás. En esa ocasión éramos también muchos pero se respiraba en el ambiente la tensión y se olía el peligro. Las diferencias entre ambas manifestaciones son siderales. En 1987 teníamos un pueblo angustiado por la persistencia de una dictadura que parecía no acabar nunca y una Iglesia valiente a la cabeza de la lucha por los DD.HH. En el 2018 nos encontramos con una Iglesia cuestionada que ha perdido su prestigio.

El pueblo es también muy distinto. En las más de cinco horas entre la llegada al parque y el término de la misa vi las caras de muchos cientos de personas. Ciertamente no reflejaban las angustias de 1987 y me impresionó su tranquilidad y alegría. Muchas habían pasado la noche en vela, pero no advertí nada que pudiera asemejarse a la sensación de estar participando en un entertainment como anticipó Carlos Peña en su tradicional columna del domingo.

A muchos de los que estuvimos en la misa de 1987 se nos quedó grabada la imagen de Juan Pablo II rezando mientras Carabineros reprimía con gran violencia a quienes manifestábamos en contra de la dictadura. Esta vez todo transcurrió en perfecta calma. No fue necesario advertir de manera dramática que “el amor es más fuerte”. Los chilenos nos habíamos levantado “después de tantos derrumbes”.

Los dichos del Papa Francisco quedarán allí retumbando. A pesar de todo, no se los llevará tan fácilmente el viento. El dolor y vergüenza frente a los abusos, la diferencia entre estar “privado de libertad” y “estar privado de dignidad”, “el Arauco tiene una pena” de Violeta Parra, la invitación a la acción afirmando que “está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien” perdurarán en el tiempo.

En su defensa del obispo Barros el Papa no se limitó a esgrimir la presunción de inocencia producto de la falta de pruebas. Fue más allá, acusando a los denunciantes de proferir “calumnias”. ¿Cómo explicar esta actitud políticamente tan incorrecta? No me parece razonable pensar que el Papa se haya sumado a la red de encubridores de delitos por los cuales el mismo declaró sentir “dolor y vergüenza”.

Hay algo aquí muy misterioso. Espero que en algún momento esto se aclare. El Papa es un “buen tipo”, como el mismo ha dicho que espera se le recuerde después de su muerte, pero ciertamente no es infalible. A mí me gusta el Papa Francisco pero les creo a Cruz, Hamilton y Murillo.

/Escrito por Carlos Ominami, ex senador, para La Tercera

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