La visita del Papa mostró cuánto ha cambiado la sociedad chilena.

Algunos imaginaron (la imaginación es casi siempre una forma disfrazada del deseo) que la gente saldría a la calle, inflamada de entusiasmo y de fe en su pastor, revitalizando la presencia alicaída de la Iglesia. Los canales de televisión y la mayor parte de la prensa, que en vez de prensa por momentos pareció boletín parroquial, esperaron inútilmente una epifanía.

Nada de eso ocurrió.

¿Por qué?

La explicación está en el grado en que la sociedad chilena se ha secularizado.

Para la sociología, la secularización tiene dos versiones, una fuerte y otra débil. Según la versión fuerte, una sociedad se seculariza cuando las personas se vuelven descreídas y la existencia se despoja de todo misterio, cuando las ciudades, por decirlo así, quedan despobladas de Dios y las iglesias parecen sus tumbas fúnebres (la imagen es de Nietzsche). La versión débil afirma, en cambio, que la secularización no es una pérdida de sentido religioso, sino más bien una transformación en su esfera de influencia.

Esto último es lo que ha ocurrido en Chile.

La economía (a pesar de los esfuerzos de la Unión Social de Empresarios Cristianos), la política (no obstante la Democracia Cristiana), y la cultura (a pesar de los esfuerzos parroquiales) se autonomizan y principian a funcionar con sus propios códigos. La sociedad chilena se diferencia en varias esferas y, al revés de lo que Francisco expresó en su discurso en la Universidad Católica, lo justo, lo bello y lo verdadero ya no coinciden (como lo predijo a inicios del siglo XX Max Weber en su famoso discurso la ciencia como vocación).

No es que la gente se haya vuelto descreída. No. Lo que ha ocurrido es que la religión se ha protestantizado, en el sentido de que se ha vuelto más personal, más individualizada, más electiva (un ejemplo de esto es la medida en que incluso los católicos escogen la forma diferenciada de serlo, adscribiéndose al opus, a los legionarios, a los sodalicios, etcétera. Como si creer fuera una forma de escoger la propia identidad, no un descubrimiento o un don, sino una manera de editarse a sí mismo).

Todo ello es, por supuesto, consecuencia de las transformaciones que ha experimentado la sociedad chilena como resultado de la ampliación del consumo, la mejora en las condiciones materiales de la existencia y del aumento de la escolaridad. En una palabra, es el fruto de la modernización capitalista que hace que todo lo sólido (la expresión esta vez es de Marx) se desvanezca en el aire.

Por eso, no es correcto afirmar que la culpa de todo esto la tienen los escándalos sexuales o la lenidad de la Iglesia para impedirlos y sancionarlos. Es cierto que la actitud de la Iglesia frente a los escándalos irrita a los fieles (como les irritó que el Papa pidiera perdón y, a la vez, se hiciera acompañar por Juan Barros); pero todo eso ha ocurrido siempre, esa actitud forma parte de lo más íntimo de la catolicidad (¿Acaso no es el perdón de los pecados que, por la naturaleza caída, se cometen una y otra vez, uno de los rasgos más propios de la confesión y más apetecidos por los fieles?).

No son, pues, los escándalos o los pecados de sus ministros lo que causa la pérdida de influencia de la Iglesia. Son los rasgos del Chile contemporáneo y la dificultad de la Iglesia para convivir con ellos. Alguna vez la Iglesia fue capaz de integrar otros credos. Y su fruto, tan admirado por Francisco, fue la religiosidad popular, un ejemplo de sincretismo cultural. Pero ¿qué sincretismo podría haber ahora en medio del consumo y de las masas?

La Iglesia Católica está así frente a un serio dilema.

Debe escoger entre aferrarse a la verdad que dice atesorar, condenándose a la pérdida de influencia y a ser un credo de minorías, por un lado, o mostrarse condescendiente con las convicciones espontáneas de la cultura de masas relativizando la verdad que dice poseer, por el otro.

Debe escoger, en suma, entre el cardenal Medina (foto) y el cura Felipe Berríos.

/Columna de Carlos Peña para El Mercurio

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