Paul Romer se apareció en nuestras vidas en el otoño de 1979. Para ese entonces ya se habían establecido las jerarquías en nuestro curso de la Universidad de Chicago. Sabíamos quiénes eran los más brillantes, los más tímidos, los más chistosos y los más parlanchines. Durante dos años habíamos sufrido las penurias del programa de doctorado más exigente del mundo. A veces nos parecía que nuestros profesores venían de otro planeta: ya habían ganado el premio Nobel o eran precoces candidatos al mismo. Aquellos de nosotros que habíamos aprobado el tenebroso examen que se rendía a fines del primer año -el famoso “core exam”- sentíamos el derecho a vanagloriarnos y a hablar más fuerte y más largo en las salas de clases.

Y entonces apareció Romer.

Era un muchacho delgado, con un mechón rebelde que le caía sobre los ojos y una sonrisa irónica que, según algunos, buscaba remedar la de nuestro famoso profesor George Stigler. Lo que primero nos llamó la atención fue la manera desenvuelta como se comportaba. No había entrado al programa con nosotros, pero estaba en nuestras clases; no había rendido el temido examen en el que reprobaba el 70% de los postulantes, pero actuaba como si hubiera sacado la mejor calificación. Se refería a todos los profesores, independientemente de su edad y de su rango, por sus nombres de pila. Sus intervenciones eran brillantes y tremendamente originales; opacaba a todos los otros estudiantes. Los profesores que hasta ese entonces nos parecían intelectualmente inviolables, de pronto trastabillaban y se mesaban los cabellos. Hacían largas pausas y se paseaban de arriba abajo mientras trataban de dar una respuesta adecuada. Pero Paul casi nunca quedaba satisfecho. Volvía a la carga con una interrogante aún más profunda y difícil.

Un niño genio
¿Quién era este recién llegado? ¿De dónde había salido este niño genio? ¿Qué le daba derecho a tutear a nuestros maestros?

Poco a poco fuimos desentrañando el misterio. Paul había estudiado el pregrado ahí mismo, en la Universidad de Chicago, y se había especializado en economía y matemáticas. A pesar de no tener más de 21 años, había tomado todos los cursos básicos de posgrado y había aprobado el temido examen de teoría. Su familiaridad con nuestros profesores provenía de esa época. Luego de graduarse, migró al MIT, la casa de Paul Samuelson, el adversario más tenaz de Milton Friedman, para estudiar su doctorado. Pero a Romer no le gustó ese programa. Como nos contaría un tiempo después, tenía dos objeciones: en primer término, le parecía que el MIT era demasiado fácil, con un énfasis trivial en matemáticas. En segundo lugar, encontraba que lo que ahí se enseñaba era sumamente mecánico, y estaba desprovisto de esa intuición natural de los economistas de Chicago. Y así, a pesar de haber cursado brillantemente dos años en el MIT, decidió volver a Chicago y enrolarse en nuestro programa. También nos enteramos de que era hijo de un político ascendente del Partido Demócrata en el estado de Colorado. Su padre, Roy Romer, sería electo gobernador en el año 1987, y serviría en ese puesto durante tres periodos.

En el otoño de 1980, la Universidad de Chicago decidió hacer un experimento en el pregrado: en vez de ofrecer cursos masivos dictados por miembros de la facultad, estudiantes avanzados del doctorado empezamos a dar clases a grupos más pequeños, de entre 15 y 20 estudiantes. Los primeros “instructores” del curso de macroeconomía fueron Paul Romer, Marianne Baxter y yo. Nos reuníamos frecuentemente para discutir las materias a enseñar y comparar notas sobre cómo nos estaba yendo con los jóvenes estudiantes. A veces nos juntábamos en una de las cafeterías de la universidad, y otras en el famoso bar Jimmy’s, donde vaciábamos sucesivas jarras de cerveza mientras hablábamos de los más diversos temas. Las intervenciones de Romer eran siempre lúcidas, fuera de lo común, enormemente originales. Me di cuenta de que en sus clases era mucho más exigente que yo, y que sometía a sus alumnos a preguntas ingeniosas y difíciles, preguntas que los iban volviendo seres pensantes, capaces de hilar los más alambicados argumentos.

Su tesis doctoral revolucionó la teoría sobre crecimiento económico. Su profesor guía fue Robert Lucas, quien había sido contratado para reemplazar a Milton Friedman, y quien ganó el premio Nobel unos años más tarde. Hasta ese momento los economistas usaban el llamado “modelo de Solow” para explicar por qué algunos países crecían más rápido que otros. Este enfoque se concentraba en dos variables: la tasa de ahorro y la tasa de crecimiento de la población. Sin embargo, según el modelo, una vez que se alcanzaba el “equilibrio”, el país dejaba de crecer, a no ser que hubiera algún “empujón” externo.

El punto de partida de Romer fue reconocer que la mayoría de los países crecía año tras año, aun cuando no estuvieran expuestos a esos enviones externos. Fue así como desarrolló el llamado modelo de “crecimiento endógeno”, en el que por una serie de razones, incluyendo tasas de productividad crecientes relacionadas con innovaciones tecnológicas, los países continuaban creciendo a través del tiempo. Esos estudios han permitido explicar por qué algunos países son más exitosos que otros, y le dieron una nueva vida al área de crecimiento económico.

Ciudades modelo
Una vez graduado, Romer se empleó en la prestigiosa Universidad de Rochester. Luego pasó a Berkeley y más tarde a la escuela de negocios de Stanford. Fue ahí donde desarrolló dos ideas que hicieron crecer su reputación. La primera relacionada con el proceso educativo, y la segunda sobre políticas públicas para el crecimiento.

En educación, creó el primer portal de internet dedicado a ayudar a los estudiantes a aprender en forma más eficiente. Llamó a su compañía Aplia, y luego de unos años la vendió a una multinacional por una atractiva suma de dinero.

Su segunda idea fue mucho más controvertida. Argumentó que para lograr la prosperidad los países necesitaban un marco institucional adecuado, donde el respeto de la ley y de los derechos de propiedad fuera algo normal, donde la innovación fuera adecuadamente recompensada, donde no hubiera regulaciones opresivas y donde el debido proceso fuera la regla y no la excepción. Pero, dijo, no era fácil cambiar la estructura jurídica y la cultura de un país completo. Sin embargo, continuó, lo que sí se podía hacer era crear, dentro de cada país, una “ciudad modelo” que no estuviera sujeta a la legislación nacional, sino que tuviera sus propias reglas y leyes, las que serían diseñadas de acuerdo a las mejores prácticas internacionales, reglas como las de Singapur y Hong Kong.

De lo que se trataba, explicó, era crear un oasis de libertad económica en medio de países moribundos y asfixiados por las regulaciones, la corrupción y las malas prácticas. Según él, estas “ciudades modelos” -“charter cities”, en inglés- serían tan exitosas en comparación con el país en cuestión, que al poco tiempo todos los ciudadanos clamarían por hacer reformas profundas y para que todo el país adoptara las leyes de la ciudad; vale decir, la ciudad se “comería” al país.

Recuerdo que cuando planteó la idea le comenté que en América Latina había habido un experimento en ese sentido, y que la “ciudad modelo” se llama Zona del Canal en Panamá. Ahí, las leyes y los ordenamientos jurídicos habían sido sajones, provenientes de los Estados Unidos. Y, sin embargo, cuando se devolvió el canal y los estadounidenses partieron, no fue Panamá quien adoptó las reglas de la zona americana. Lo que sucedió fue lo contrario: Panamá asfixió lo que alguna vez fue una isla de eficiencia, limpieza y prosperidad. “Esto no va a resultar,” argumenté. Romer me miró y desplegó su famosa sonrisa, pero no dijo nada.

La conjura y el Banco Mundial
Cuando hace 15 meses el Banco Mundial anunció que el nuevo economista jefe era Paul Romer, todo el mundo se sorprendió. El Economist dijo que era curioso que una institución tan tradicionalista y lenta contratara a un “pensar libre” y original. El Financial Times aventuró que lo más probable era que hubiera choques feroces entre los funcionarios y este académico al que le gustaba “llevar la contraria.”
Al final, sucedió lo que tenía que suceder. Romer, con su brillantez y sus exigencias, con su actitud de “niño terrible”, colisionó de frente con la burocracia, al punto que el presidente del banco tuvo que relevarlo de sus funciones administrativas; con sus palabras y comentarios irónicos había ofendido a demasiada gente.

El incidente del Doing Business no es más que otro capítulo en esa lucha a muerte entre el intelectual solitario y descollante y las legiones de burócratas rígidos y tradicionalistas. Chile fue una “víctima” accidental; no fue, como algunos creyeron, el blanco de una conjura. Chile fue el país más afectado por los cambios metodológicos que Romer cuestionó en forma pública. Pero esta vez Romer llegó muy lejos, y terminó ofendiendo las sensibilidades de toda una nación. En un acto sorprendente, casi cómico, se desdijo y culpó al periodista por no haber entendido sus palabras. Una estrategia frecuentemente usada por políticos en dificultades y por genios incomprendidos.

¿Habrá puesto en peligro el Nobel con tamaño desaguisado? No. Más bien todo lo contrario. Sus bonos han subido enormemente entre quienes deciden esos galardones. Ya puede pensar en pasar un diciembre en Estocolmo.
/escrito por Sebastian Edwards para La Tercera

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