Hoy en día la Iglesia de Suecia es una Iglesia evangélica y luterana. Evangélica, debido a que abandonó su obediencia al papa tras adherirse a los postulados de la reforma protestante; su fundamento es el evangelio de la Biblia, o sea el relato sobre la vida, muerte y resurrección de Jesús. Luterana, porque surge de la Reforma del religioso alemán Martín Lutero, en 1517.

No, usted no se equivoca al leer el título. La Iglesia Luterana de Suecia, mayoritaria en el país, eligió hace unos años por primera vez a una mujer como arzobispo, su máxima autoridad: la pastora Antje Jackelen, ordenada sacerdote en 1980, casada con un sacerdote, con el cual tiene dos hijos.

Jackelen, obispo de Lund, obtuvo el 55,9% de los votos del colegio eclesiástico de la Iglesia de Suecia, que cuenta con 324 miembros. En una entrevista señaló que no era chocante para la Iglesia de Suecia elegir a una mujer como su líder. Por el contrario, “ya era hora”, dijo, puesto que durante más de cincuenta años la iglesia sueca ha tenido mujeres sacerdotes.

La arzobispo sueca no está sola. En septiembre de 2013, Pat Storey, de 53 años, casada y con dos hijos, se convirtió en la primera mujer obispo anglicana tanto de la República de Irlanda como del Reino Unido. En la Iglesia anglicana hay 27 mujeres ejerciendo como obispos en países como India, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Cuba, Estados Unidos, Suiza y Sudáfrica.

Así, vemos que algunas Iglesias cristianas corrigen poco a poco sus esquemas arcaicos abriendo el sacerdocio a las mujeres e incluso nombrándolas obispos, mientras que en la Iglesia Católica no se da ni un paso en esa dirección. La interpretación que entrega la Iglesia católica para no aceptar sacerdotes mujeres es que la ordenación exclusiva de hombres al sacerdocio es un asunto que forma parte de la herencia inalterable de Cristo entregada a los apóstoles. Esto implica, simplemente, convertir en algo divino e inmutable la cultura fuertemente patriarcal imperante en el judaísmo de esos tiempos y luego perpetuada en el cristianismo y el Islam.

Entre los judíos de entonces, las mujeres estaban expuestas a una severa discriminación desde su nacimiento, que se extendía también a la vida política y religiosa. En el Talmud se lee: “¡Ay de aquél cuya descendencia son hembras!”. Tristeza y decepción causaba el nacimiento de una niña, a quien se le negaba el acceso al aprendizaje de la Ley. En la Mishná podemos leer: “Que las palabras de la Torá (Ley) sean destruidas por el fuego antes que enseñárselas a las mujeres… Quien enseña a su hija la Torá es como si le enseñase calamidades”. Las mujeres judías carecían de muchos derechos, y eran frecuentemente consideradas como objetos en posesión de los varones. Es por ello que la actitud de Jesucristo respecto de la mujer, es decir, de tratar de idéntica manera a la mujer y al hombre, contrastaba fuertemente con la de los judíos contemporáneos, hasta un punto tal que sus apóstoles se sorprendían ante el trato que les brindaba.

La jerarquía católica, al constituirse siglos después como una institución separada de los laicos, le cerró las puertas al sacerdocio femenino, consagrando así una tradición patriarcal que sus representantes actuales se obstinan en preservar, a pesar de que ya nada tiene que ver con sociedades donde la igualdad entre el hombre y la mujer es fundamental. Al mismo tiempo, se mantienen intactas otras tradiciones arcaicas como el celibato o la prohibición de casarse y formar familia.

Lamentablemente el nuevo Papa, tan innovador en otras materias, simplemente declaró que sobre el papel de la mujer en la Iglesia la postura oficial dictada por Juan Pablo II no ha cambiado un ápice: “La Iglesia ya se expresó y dijo no. Esa puerta está cerrada.”

Sin embargo, el mundo sigue moviéndose hace una plena igualdad entre hombres y mujeres. Por ello un día, tal como hoy en la Iglesia sueca, tendremos un Papa mujer, y, de seguro, una Iglesia mejor.

/escrito por Mónica Mullor para El Líbero

/gap