Mucho se elucubró durante la campaña sobre cuánto había aprendido Sebastián Piñera y que la designación de su primer gabinete daría algunas luces sobre aquella incógnita. Lo primero es conceder que, en general, estamos frente a un elenco políticamente contundente; donde quedan atrás los fantasmas del 24/7, cuyo mayor símbolo fueron esos ejecutivos de empresas que se afanaban por exhibir sus títulos de postgrado, aunque su experiencia en los temas públicos fuera similar a la de un usuario del Metro.

Pero fue tan fuerte el impacto que este fallido diseño generó en su primera administración, que Piñera parece estar más temeroso de lo que imaginábamos. En efecto, y sin correr ningún riesgo, termina haciendo algo parecido a lo que tanto criticó a su antecesora, y se rodea de un conjunto de incondicionales, empleados y amigos -o todas las anteriores- para iniciar un gobierno que más parece la continuidad del anterior que el inicio de un nuevo proyecto para la derecha.

No sé si “la derecha” es la expresión adecuada, ya que pese al tinte excesivamente conservador y homogéneo de este elenco -más propio de un asado en Coique, que de un gabinete del siglo XXI- basta constatar que seis ministros se repiten el plato y, si miramos los rostros del comité político ampliado, solo podemos confirmar el desembarco del “Piñerismo Leninismo”. Atrás quedan las promesas de la diversidad e inclusión de actores que aportaran una mirada diferente, más fresca, especialmente en lo que atañe al “sentido social” que muchos querían imprimir a este gobierno.

Porque si lo anterior se quiso resolver con el ingreso del ex jefe de la CPC, develando además la apuesta por la sucesión presidencial que a estas alturas hace el propio Piñera, solo se confirma que este último aprendió bastante menos de lo que imaginábamos. De hecho, con esa decisión dejó heridos a las tres figuras más importantes (y necesarias) que tiene la derecha en el Senado, como son Allamand, Kast y Ossandón. Sin ir más lejos, esos tres mosqueteros, que no son precisamente amigos, tienen ahora una causa en común: evitar que Moreno se transforme en un ministro exitoso y, por ende, en una figura presidenciable.

Y dejando la anécdota por la siempre esperaba equivocación de Piñera, esta vez confundiendo a Diego de Almagro con Pedro de Valdivia, también el formato del acto arrojó dudas sobre el aprendizaje del candidato electo. Asistimos a una alocución larga, redundante e innecesaria, que le quitó protagonismo a lo único que nos interesaba ayer: conocer el nuevo gabinete. Sabiendo que después podrá hacer cientos de discursos, faltó generosidad para poner en la primera fila a sus colaboradores, evitarse los chistes en la mitad de las presentaciones y no infantilizarlos públicamente con lecturas y tareas.

/Columna de Jorge Navarrete para La Tercera

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