Resulta evidente que el nombramiento de cualquier gabinete ministerial está lejos de sumar niveles masivos de apoyo. Bajo la premisa de que se trata de una alquimia imposible, si  hubiera que resumir en una sola idea la impronta del que debutará en marzo habría que decir que primó la experiencia política. A segundo plano pasaron otras consideraciones como el equilibrio de género y esa paridad que, alguna vez, vimos transitar como al vuelo y que hoy parece remitida a una quimera. Existe consenso en constatar la continuidad de algunas figuras que acompañaron a Sebastián Piñera en su anterior mandato pero, también, una apuesta por la proyección. Esto último no debiera extrañar a nadie. En el presidencialismo, existe la expectativa de que los liderazgos de relevo afloren de la cantera ministerial por mucho que los dos gobiernos de Michelle Bachelet la hayan desatendido.  

¿Y en qué lugar se cristalizará, a fin de cuentas, dicha experiencia? En lo que se denomina el “centro estratégico de gobierno “(CdeG), entendido como “el círculo de instituciones y personas con las cuales el Presidente habitualmente toma las decisiones más importantes”. Los ocupantes de Interior, Hacienda, Segegob y Segpres pueden tranquilamente exhibirla y, en ello, la edad de Gonzalo Blumel es un mero dato. Otro importante factor es que no llegan a La Moneda a conocerse. Lo anterior será útil para lidiar con tormentas como las que se anticipan en Educación, dado el controvertido perfil de su titular. El círculo termina por cerrarse, sin lugar a improvisaciones, con Cristián Larroulet como jefe de asesores del Segundo Piso. Dicho espacio viene siendo objeto de auscultación creciente y le generó a Piñera, por las críticas intermitentes de Carlos Larraín en su momento, más de un quebradero de cabeza. Larroulet, además de saber cómo funciona, es una de las personas que más conciencia tiene de su importancia para la coordinación y  la gestión con sentido estratégico.      

Sin  embargo, el ofrecimiento al país de un gobierno de unidad antecedido, además, por una campaña centrista, hacía pensar en la posibilidad de otra fórmula. Algo así como un gabinete a lo Macron, un cóctel post partidista, variopinto en lo ideológico y que difícilmente se compensa con independientes de conocida adscripción política. Una versión a la chilena de aquella frase de Abraham Lincoln cuando dijo que no tenía derecho a privar al país de sus mejores cerebros simplemente porque a veces no estuvieran de acuerdo con él. No es una idea ni ingenua ni estrafalaria, pero tendrá que esperar. La cultura política permanece anclada en códigos binarios excluyentes. Esa diversidad que tanto se pregona para la empresa y que, en política, podría resultar en una colaboración entre rivales es vista como el cruce de una frontera que linda con la traición.

/Columna de María Ángeles Fernández para el diario La Tercera

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