Hay que esconder a los niños. No hay que dejarlos ver tele. Que no miren el Festival, que se llenó de flaites, de gente fea y de piel oscura. Hay que cuidarlos, taparles los ojos y mostrarles discos de Alberto Plaza, esas canciones que celebran la vida y nos hacen recordar con nostalgia el encanto de los pubs del Negro Piñera. Que no escuchen a Maluma, no importa que su reggeaton sea misógino; simplemente es vulgar. Las niñas pueden quedar embarazadas escuchándolo. Hay que protegerlas. La infancia es el futuro y Chile se está cayendo a pedazos. La ordinariez lo invade todo: la música, el humor, la transmisión televisiva, el periodismo. Por eso hay que evitar que conozcan a Isabel Pantoja, esa señora demasiado dada a mostrar sus sentimientos en público; o a los Fabulosos Cadillacs, esos argentinos que homenajean a Víctor Jara, ese cantante comunista; todo para que no copien los peinados de Los Auténticos Decadentes y los tatuajes mexicanos y el vestido de Mon Laferte; para que no sepan de los programas festivaleros, de Kika Silva, Di Mondo o del periodista que le hizo una pregunta obscena a Olivia Newton-John.

Por eso hay que cuidar a los niños del aire marino que puede colarse por la pantalla, no vaya a ser que se resfríen viendo el Festival en la casa. Tenemos que ser conscientes y responsables. Tenemos que enseñarles a reír tal y como se ríe José Miguel Viñuela mientras les mostramos en DVD una rutina de Dino Gordillo. Esas sí que eran rutinas humorísticas, pura elegancia. No como esa gente que se burla de los militares. Hay que educarlos en el humor blanco de Carlos “Mono” Sánchez, un tipo profesional, un caballero de la industria del espectáculo, que se asesoró con once guionistas para prepararse para Viña. Los niños tienen que aprender a respetar el Festival de Viña, un evento que hace que América Latina se una. Para eso Sánchez preparó una rutina sobre sexo anal, suegras, borrachos y ventosidades pero no dijo una palabrota, no hizo nada que podamos considerar vulgar. El sí que prestigió a la Quinta Vergara, le dio una sofisticación que podía disfrutar toda la familia. Don Francisco fue un visionario al descubrirlo, cómo no nos habíamos dado cuenta antes.

Porque los niños tienen que aprender, no vaya a ser que les termine gustando Américo y que tarereen sus canciones o las bailen en las fiestas. O escuchen cumbia y levanten la mano a solas, cuando nadie los mira porque no se pueden sacar un tema suyo de la cabeza. O lloren cuando suene la canción que les gusta de Sin Bandera o Camila. Qué horror que se tengan que enterar que existen Edmundo Varas, Raquel Argandoña y Francisco Saavedra. Qué pena que tengan que ver La movida y Fiebre de Viña o que tengan que saber que alguien recogió la toalla con el sudor de Isabel Pantoja para guardarla como recuerdo o que le faltaron el respeto a Checho Hirane o que el pobre Antonio Vodanovic ahora hace comerciales de tarjetas de crédito o que hay que tener cuidado en la galería de la Quinta porque está llena de lanzas. Terrible. Este país esta cada vez atroz, nadie respeta nada, como esa gente del campamento Felipe Camiroaga, que interrumpió el piscinazo porque no tenían luz y la municipalidad no les da una respuesta hace tiempo. Qué es eso, acaso no entienden que al Festival no hay que mancharlo porque representa la belleza de Viña y es un patrimonio de la humanidad. Hay que mandar cartas al diario y si no queda lo suficientemente claro, explicarlo de nuevo por YoutTube. Hay que proteger el Festival. Su elegancia y sofisticación son las nuestras, las queremos para Chile completo. Hay que sacar a los pobres y a las mujeres de ahí, construir un muro que deje fuera a los extranjeros sospechosos y los falsos viñamarinos, proteger el lenguaje de toda contaminación. Porque hay que salvar Viña. Hay que esconder a los niños; es una cruzada, un apostolado, una guerra.