SIN NINGUNA justificable razón, y por consideraciones estrictamente ideológicas, se le prohibió nuevamente el ingreso a Cuba a personas que piensan de manera distinta al régimen y que probablemente así lo hubieran hecho saber in situ, de concretarse la visita.

¿Hay algo de qué extrañarse? Bastante poco, la verdad.

En primer lugar, y pese a los signos de apertura que se han verificado en la última década, en Cuba no existe una democracia, no al menos en la manera cómo la mayoría del mundo civilizado la comprende. Pese a todos los excesos retóricos en que puedan incurrir algunos, la existencia de garantías para el cabal ejercicio de los derechos civiles y políticos es la esencia de aquella forma de gobierno. Un país donde no hay elecciones ni prensa libre, que censura y persigue a los disidentes, amén de restringir la posibilidad de circulación, reunión u opinión, tiene un solo nombre: dictadura.

A continuación, tampoco debería extrañar el doble estándar que en esta materia exhiben algunos partidos y dirigentes políticos. Se hizo una costumbre para algunos el justificar los atropellos a los derechos humanos, cuando éstos son cometidos por gobiernos con los que se simpatiza en su color político y objetivos. Con qué cara podemos criticar a la oposición por su cómplice y cobarde conducta durante la dictadura de Pinochet, cuando cada vez que se nos pide un mínimo gesto de coherencia, para condenar las fechorías que ahora otros cometen en nombre de la igualdad o la revolución, nuestra primera pulsión sea relativizar los hechos, o cuando no negarlos derechamente, haciendo hoy exactamente lo mismo que nos asqueaba hicieran otros ayer.

Tercero. Tampoco sorprende la reacción de la plana geriátrica mayor del Partido Comunista. Tratándose de Teillier, sus mayores pecados no son viajar en primera clase (cuestión con la cual Recabarren debe darse vueltas en la tumba), sino su permanente desdén para con los derechos e integridad de las personas que enfrentan sus consignas. El insólito saludo cumpleañero al líder norcoreano de hace algunos años, su contundente negación de lo que ocurre en Cuba o Venezuela, secundado por varios otros conspicuos dirigentes políticos locales, son la palpable evidencia de la escasa valoración que le otorgan a la democracia, la diversidad y el debate de la esfera pública; salvo, claro está, cuando son ellos, o los que piensan de manera similar, los que injustamente han sido perseguidos o marginados. Entonces, y por ejemplo, ¿qué diferencia hay entre la conducta de Teillier y la de Hermógenes Pérez de Arce?

Por último, lo que sí confieso me desalienta, y todavía me extraña, es el silencio de dirigentes políticos que aspiran a representar a la cultura de centroizquierda democrática -me refiero específicamente al “inubicable” Guillier- o de aquellos que se hicieron un nombre en la legítima demanda estudiantil expresada en las calles, y que justamente fue posible al amparo de esos mismos derechos que hoy, sin ellos decir nada, se le conculcan a otros.

/Columna de Jorge Navarrete para el diario La tercera

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