La ministra de Educación saliente, Adriana Delpiano, hace una apología de sí misma y de su gobierno en su entrevista publicada ayer. Nos dice que gracias a la gratuidad en educación superior, Chile será en el futuro un país menos segregado y más justo, y que todavía no logra explicarse la aparente irracionalidad de las personas beneficiadas por esta política que, sin embargo, no votaron por Guillier.

Yo quisiera saber cómo una reforma orientada exclusivamente a aumentar la matrícula, que estrangula mediante los aranceles de referencia a las pocas universidades privadas que ofrecían educación de alta calidad a la clase media -como la Diego Portales y la Alberto Hurtado- y que crea verdaderas “universidades del Mar” estatales -como la de O’Higgins y la de Aysén- va a disminuir la segmentación o segregación. Todo indica exactamente lo contrario: se privilegió la cantidad por sobre la calidad por razones políticas, y esa estrategia solo devaluará los pregrados, segmentará más la educación superior y aumentará la cesantía ilustrada.

Esto es tan obvio que en la misma entrevista la ministra expone abiertamente los fines clientelistas que esta política de ampliación indiscriminada de la matrícula perseguía: cambiar cupos universitarios por votos a las familias de clase media. Y manifiesta sorpresa y decepción por no haber visto cumplidas sus expectativas.

Carta al diario El Mercurido de Pablo Ortúzar Madrid Investigador IES