El Presidente Piñera me ha nombrado ministro de Educación. Es un honor dedicar una parte de mi vida a colaborar, desde el ministerio, con la noble tarea de nuestros docentes de educar al prójimo. Agradezco al Presidente por la confianza. Mi nuevo cargo es incompatible con la de columnista de este periódico y por eso aquí me despido.

En los sesenta la lucha política chilena se dio en torno a la propiedad de la tierra; en los ochenta, por los derechos humanos, y en esta década, en torno a la educación. Como enseña el Eclesiastés hay un tiempo para cada cosa, un tiempo para sembrar y otro para cosechar. El Congreso ha aprobado tres leyes de una ambición y complejidad que tienen pocos precedentes en nuestra historia. Es hora de implementarlas, porque como en todas las leyes, cuando se aplican a la realidad, surgen problemas que hay que corregir y mejorar, o se detectan vacíos y omisiones que llenar. El desafío es sacar la educación del salón del Congreso y volverla a la sala de clases; sacarla de la política y volverla a la docencia y a la investigación.

A los que me felicitan con cara de pésame por la dificultad del cargo, les digo que si fuera fácil todos se pelearían el ministerio, menos yo. Fui educado en un colegio cuyo lema es Recte ad ardua (“derecho a lo difícil”). Así he vivido mi vida, practicado mi profesión y ahora dedicado en cuerpo y alma al servicio público.

A los que me acusan de liberal, les digo que tienen razón, quisiera ser un heredero del legado intelectual de Vicuña Mackenna, Andrés Bello y José Victorino Lastarria de quién soy la cuarta generación en llevar su nombre. Mi abuelo, a quien rindo un homenaje, fue parte de los gobiernos radicales que entendieron que gobernar era educar, esa impronta corre por mis venas.

A mis detractores los invito a conversar para mejorar la educación chilena. A mis partidarios los invito a trabajar para que el gobierno del Presidente Piñera sea recordado por un salto adelante en la formación de nuestros niños y jóvenes.

A los alumnos, profesores, padres y apoderados y a todos los que trabajan o les importa la educación, sepan que habrá un ministerio abierto a escuchar y dialogar.

La educación es un derecho que nuestra Constitución recoge desde 1833. El Congreso ha decidido que sean todos los chilenos los que financien la educación universitaria, conforme a las posibilidades económicas del país. Los ministros el 11 de marzo juraremos defender y hacer cumplir la Constitución y la ley. Yo me propongo honrar ese juramento.

La provisión y financiamiento de la educación chilena ha sido siempre pública y privada. En Chile no sobra nadie que quiera dedicar su vida, trabajo o patrimonio a educar a los demás. Eso no va a cambiar, salvo para asegurar la sustentabilidad y mejora de la actividad. Tenemos buenos resultados educacionales, tanto en cobertura como en calidad a nivel regional, pero no es suficiente en un mundo cambiante, donde nuestros jóvenes deberán competir con los mejores del mundo.

Los énfasis de mi cartera serán los del programa -los postergados en el tsunami de la discusión política-: (i) los niños menores, porque la igualdad de oportunidades que soñamos se forja en la primera infancia; (ii) la educación técnico-profesional, porque ahí se concentran los estudiantes más vulnerables, y (iii) la calidad, porque ya se ha legislado sobre los temas de inclusión, lucro y financiamiento. Ahora corresponde perfeccionar esas leyes, si es necesario, para conciliarlas con el programa ganador. Será una pésima inversión para el país regalar educación que no mejore las habilidades intelectuales, el conocimiento y la empleabilidad de nuestros jóvenes.

Muchos me han preguntado por qué dejar la comodidad de la vida privada para asumir un cargo de esta complejidad. Mi amigo Felipe Cubillos decía que uno en la vida puede “hacerse cargo o hacerse el leso”; yo, igual que él, me hago cargo. Los invito a todos a asumir en sus áreas de actividad un trabajo que remunere el alma y el corazón, y no solo el bolsillo.

Quiero, finalmente, agradecer a mi familia, especialmente a mi señora, por su amor y respaldo incondicional; a mis amigos, socios, colegas y clientes que me han apoyado y que entienden que no existe honor ni desafío más grande que servir a Chile.

Dios bendiga a mis lectores y como dijo MacArthur: “Volveré”.

/Columna de Gerardo Varela para El Mercurio

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