Después de escuchar al Chino ante una nube de periodistas, leí en Twitter este acierto: “Creo que al staff del equipo de Copa David hay que incorporar un psiquiatra”.

No hay que ser médico para diagnosticar enfermedad en un tipo que posee dos neuronas. La Federación de Tenis de Chile no existe, pues está en manos de un interventor. Ésa es la organización donde labora, o figura, este personaje.

No fue una declaración cualquiera. Fue un insulto de marca mayor. La hizo en la sede oficial de la Copa Davis. Deberían recibir una sanción por parte de la ITF, él y el equipo chileno. Tan grave como los sillazos del Movistar Arena, donde Chile fue suspendido por dos años.

Este ex tenista se parece a los patos: dos pasos y una cagada, dos pasos y una cagada. Descubrió las redes sociales para tener una legión de aduladores que festejan con su vocabulario soez, incondicionales amantes de la ordinariez, la grosería y la justificación del todo vale.

Ningún logro deportivo puede amparar semejantes declaraciones, ningún ranking puede sostener tal insulto.

Si fuera periodista me sentiría vejado, pero como chileno me siento estafado con este tenista de pacotilla. Hay que decir las cosas por su nombre. Es un imbécil, sí, porque si hay que enfrentarlo hay que cultivar el conflicto, sin pena ni miedo. Decirle imbécil es mejor que bajar la vista, escurrirle al bulto o tan chilenamente halagarlo con un eufemismo. Decirle imbécil es moralmente bueno. La ofensa es marca fuerte de valentía. Nos atrevemos con los otros, nos confrontamos. Se debe poner en su justo lugar a la prepotencia, la soberbia, y bajarlo a la tierra.

Esta ofensa nos replantea un escenario que descoloca a otros, a mirar de nuevo el personaje en cuestión. Sería una aberración homenajearlo con una despedida ante Agassi. Que, dicen, cobraría un millón de dólares. Ni que vinieran gratis Nadal o Djokovic se merece tal evento.

La futura ministra de deportes debe estar repensando la reunión y el presidente electo debe estar rumiando “no me ayude usted compadre”.

Tan sólo unas horas después de las emociones que dejó Federer en Australia, ennobleciendo su deporte de caballeros, aparece el Chino y lo embrutece. Otra vez número uno, pero en grosería.

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