Con la llegada de marzo, seremos testigos del comienzo de un proceso de definiciones políticas que debiese culminar con primarias abiertas y descentralizadas, junto con un despliegue de políticos a lo largo de todo el país. Interesante será la conducta que asumirá la Democracia Cristiana con la candidatura de Carolina Goic, así como también la actitud de Chile Vamos ante el inminente anuncio de la candidatura de Sebastián Piñera. Interesante también será la posición de la izquierda en torno a Alejandro Guillier, no solo porque son muy altas las probabilidades de que gane las primarias, sino por las legítimas preguntas que comenzarán a levantarse: ¿Qué piensa el senador Guillier? ¿Cuál es el sello radical de su candidatura? ¿Cuáles serán las medidas de sus primeros 100 días de gobierno?

Algo, poco y muy escueto, hemos leído acerca de la visión que el periodista tiene sobre las reformas de la Nueva Mayoría, pero nada grueso ni sustantivo, ciertamente nada que permita afirmar que su proclamación responde a algo más que a un liderazgo en las encuestas. Sin embargo, el fenómeno de los candidatos vacíos no es nuevo y la reciente historia de la derecha se ha encargado de dejar lecciones que la izquierda debiese tomar.

Fue el 12 de enero de 2013 cuando el Consejo General de la UDI proclamó como candidato presidencial a Laurence Golborne, con el objetivo de que continuase la “senda del progreso” del Presidente Piñera, a pesar de la baja aprobación que éste tenía al final de su mandato. Esta falta de visión y estrategia política estuvo empujada por el rol de Golborne en el rescate de los 33 mineros, la que se mantuvo en el tiempo por medio de una popularidad que le abrió el apetito, ilusionándolo con batir la candidatura de Michelle Bachelet. Dicha historia parece repetirse con Guillier, quien ha esbozado su intención de ser el continuador de las actualereformas oficialistas, luego de alcanzar un buen nivel en las encuestas. Pero, ¿qué tienen que ver Guillier y Golborne?

Ninguno de los dos proviene de la elite económica del país. Golborne es del Maipú emergente y Guillier llegó a Santiago desde el norte, en búsqueda del desarrollo profesional. Ambos fueron exitosos: uno como gerente general de Cencosud y el otro como director de prensa de Chilevisión. Tanto el empresario como el periodista estuvieron involucrados en ilícitos que resultaron con condena. Los dos se proclamaron desde la ciudadanía, uno como hijo de un ferretero y el otro como el gran pitoniso de las aspiraciones ciudadanas. Finalmente, ambos fueron levantados como cartas presidenciales por los medios de comunicación, viendo en ellos figuras atractivas, sin importar sus opiniones políticas, convicciones, ni el proyecto país que fueran capaces de ofrecer. En ambos el sello es el mismo: ir porque pueden ganar.

Todo este entrecruce es un problema de marca mayor. ¿No es lógico que la izquierda aprenda de Golborne y fuerce al periodista pitoniso a expresar sus opiniones políticas, al menos en los temas fundamentales para la conducción del país? ¿No era esperable que Guillier hubiese tenido un rol más activo en los incendios o que condenase con fuerza la actitud hostil del Gobierno cubano con Mariana Aylwin? Por lo anterior, el ex rostro de las Isapres no da garantías de gobernabilidad ni representa un liderazgo que sea capaz de guiar políticamente al país. A Golborne lo inflaron con aire y bastó un alfiler para que no llegase a la papeleta, ¿y a Guillier?

 

Columna escrita para El Líbero de Pablo Valderrama, director de Formación IdeaPaís

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