Los incendios fueron quemados y convertidos en humo en la conciencia colectiva por el Festival de Viña, siempre lo más importante del verano, en especial lo bueno o malo que sea el chistoso de turno. Lástima que el evento no haya podido revertir la aniquilación de la vida forestal y animal en 400 mil ha ni recuperar la vida de quienes fallecieron por su causa ni reconstruir las localidades arrasadas ni enmendar la incompetencia gubernamental; para esto último quizás hará falta el Festival del 2018. Tal vez en esa fecha se nos olvide la incompetencia de un Estado cuyas instituciones, supuestamente y en la desafortunada frase de un candidato, “funcionan”. Las crisis demuestran todo lo contrario. “Funcionar” cuando hacerlo consiste en el flujo lerdo, torpe y previsible de la rutina administrativa diaria no prueba absolutamente nada. La calidad de un sistema, de un material o un dispositivo se prueba con un test de esfuerzo. Se prueba con exigencias extraordinarias. Se prueba con las crisis. Y en dicha prueba el Estado no dio ni el ancho ni el largo ni el alto ni mucho menos el peso. Nunca lo da y por eso en Chile, donde las “instituciones funcionan”, cada crisis es seguida con una “campaña por los damnificados”. Si luego de cada crisis hay tantos damnificados como para necesitarse una campaña nacional es precisamente porque no fue encarada con éxito.

Pero hubo también otro efecto de los incendios y de la insuficiente, tardía y mediática reacción oficial, uno que el Festival tampoco impidió: la caída, por el momento, de la candidatura Guillier y la paralela subida de la de Piñera. Las cifras son, respectivamente, 18% y 24% de decisión de voto.

Dilema y congestión

Subir o bajar en las encuestas es en sí cosa tan volátil como el fugitivo estado de ánimo de los encuestados, pero hay un trasfondo sólido bajo esas cambiantes opiniones, un dilema constante que por momentos se trasluce en el ir y venir de cifras. Ese dilema consiste en la bifurcación de caminos que se ofrece en cada ocasión cuando se decide la suerte del país, la opción entre escoger la ruta de quienes en algún grado decente saben manejar la economía, la administración del Estado y la flotabilidad general de la sociedad o el camino de los profetas y mesías con sus promesas delirantes, el sendero de la “lucha”, la épica de los desposeídos, la repartija de tallarines mientras duren y como crema pastelera para pavimentar la ancha avenida de la historia el espejismo del país de azúcar y miel a la vuelta de la esquina; en fin, la “vía correcta” de la congestión cerebral aguda.

Una “congestión” es la acumulación excesiva de cualquier cosa en un punto limitado del espacio y el tiempo. Equivale a un estado patológico, a una interrupción del flujo normal de la vida. Si es de sangre y ocurre en la cabeza afecta el entendimiento tal como una fiebre galopante lleva a la alucinación y el desparramo. Fue el cuadro médico que dio inicio al segundo gobierno de Bachelet. El país sufrió literalmente una congestión cerebral manifestada POR y EN los siguientes síntomas: la reaparición de la izquierda de siempre haciendo su diagnóstico de siempre -¡que viene la explosión social!-, la elaboración de una receta curativa inspirada en los archivos de la Segunda Internacional Socialista celebrada en 1889 y los cuadernos de notas de Gramsci y finalmente una fracción importante del público dispuesta a mamarse esa novedad del año. A muchos observadores les pareció y sigue pareciendo ocurrencia increíble, pero en verdad se trata de un fenómeno que aparece en toda sociedad al menos una vez por generación: el efecto político-espasmódico y cíclico de rabias acumuladas por fracasos o contratiempos reiterados, resentimientos de antigua data reciclados y repalabreados y en general la mala onda que las ciudadanías sienten hacia las elites, irritación que tarde o temprano llega al nivel del desbordamiento de tanto verlas meterse en los bolsillos los mejores frutos del país en riqueza, fama, notoriedad y poder. Todo eso encontró una prédica -la de siempre: Jesús sacando a patadas a los mercaderes del templo- que los alentó y dio luz verde para desatar sus destempladas furias y vacuas esperanzas.

Difícil despertar

No se crea que este perpetuo ciclo que alterna la conformidad resignada con la revuelta frenética es propio sólo de Chile. Se ha visto docenas de veces en la historia política francesa. Se ha visto con ribetes apocalípticos en Alemania. Se lo ve con elementos de farsa en Italia. Se le ve en España, Grecia e incluso Inglaterra, donde por obra y gracia de su población rural más retrasada y mal educada se disparó en el pie con el Brexit. Se lo ve ahora incluso en los Estados Unidos con la rabieta de los “redneck” y los “blue collar” ante la corrupción, enriquecimiento y autocomplacencia de una casta política y económica como nunca antes se vio en la historia humana y que los llevó a este desesperado afán, encarnado en Trump, de echarlo todo abajo.

De esa pesadilla vindicativa repleta de iras los pueblos al cabo terminan por despertar, lo cual hacen con y por el triste descubrimiento de que las decisiones tomadas en momentos de histeria política son un remedio peor que la enfermedad. Comienza a suceder en los Estados Unidos y en Gran Bretaña. A esas naciones les ha tomado poco tiempo, pero no constituye una regla; cuánto tarde una nación en despertar y sacarse de encima el peso de la noche es muy variable. A menudo los regímenes “populares” y/o nacidos del tumulto son terriblemente pegajosos. Fue el caso de la URSS, es el de Cuba, lo es ahora de Venezuela. Una vez encaramados al poder, ciertos líderes y sus movimientos de la noche a la mañana olvidan el jugueteo democrático y el “debate” y se hacen adictos a los discursos de seis horas y los decretos y/o el Twitter, reemplazan la “participación ciudadana” por los comités de vigilancia de barrio y el lenguaje de la tolerancia por el del anunciado e inminente sabotaje fascista. A menudo dichos regímenes usan con descaro todo recurso institucional para perpetuarse en el poder. Por eso, desde el momento del despertar al de sacarse de encima el pesado cobertor de esas políticas trasnochadas, hay muchas veces un inmenso lapso de tiempo.

Gestión, congestión

Lo que las ciudadanías han de escoger es siempre, entonces, o gestión o congestión. La primera vía, la de la gestión, ofrece cierta normalidad a cambio de la continuidad acostumbrada de las implacables leyes de bronce de toda sociedad, las que incluyen el éxito de muy pocos, la precariedad de muchos y la frustración de casi todos; la segunda vía ofrece promesas siempre atendibles, siempre atractivas y siempre sin costo hasta el momento en que se experimenta su completa inanidad. En efecto, si las masas ciudadanas siguen el camino de la congestión lo que eventualmente las despierta es, como a Pinocho -el personaje del cuento, no el otro- la indigestión. Es la crisis, cualquier crisis. Son estas las que revelan desnudamente el sello eterno de los populismos de izquierda o derecha, la insuperable distancia entre sus dotes retóricas e histriónicas y sus capacidades administrativas y de gestión. De ahí la caída de Guillier y la subida de Piñera. En tiempos normales lo que agrada del primero es su cálida palabra y lo que molesta del segundo es su mera existencia; en tiempos de crisis la ecuación invierte sus valores y lo que molesta de Guillier es su identificación con cierta inepta subcultura del palabreo y lo que se valora del segundo es sabérsele capaz, como en el caso de los 33, de hacer las cosas mucho mejor. Ambos encarnan las fortalezas y debilidades de dos mundos políticos de signos opuestos. Piñera es visto como miembro del planeta de los abusadores y los oligarcas, pero que al menos sabe mantener a flote la nave del Estado; Guillier es visto como el amoroso patriarca de la justicia aquí en la Tierra como en el Cielo, pero se sospecha que él y su equipo, proveniente 100% de la alegre cinematografía de los cantinflas, ampliarán no la “vía correcta” sino la vía de agua y hundirán el buque.

/Columna de Fernando Villegas para La Tercera

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