Más allá de las contiendas pequeñas y de la hojarasca, no resulta fácil evaluar la segunda administración de Michelle Bachelet. Por un lado, parece evidente que, en el plano estrictamente político, su legado se acerca al desastre. Su coalición -que había nacido en torno a su figura- termina completamente dividida y fragmentada, y el camino por el desierto puede ser largo. Ninguno de sus ministros logró proyección política, y el objetivo inicial de Nicolás Eyzaguirre (saltar del Mineduc a la Moneda a partir del éxito de la reforma educacional) hoy parece una nota humorística más que otra cosa. Michelle Bachelet se negó sistemáticamente a liderar su coalición, a buscar acuerdos internos, dialogar y -en definitiva- sumar apoyos a su gestión. Por eso no es raro que termine su mandato rodeada de un puñado de incondicionales carentes de interlocución política: la mandataria prefirió refugiarse en su círculo íntimo antes que construir algo así como una mayoría efectiva.

Con todo, es difícil negar que la obstinación presidencial en torno a sacar adelante el programa rindió algunos frutos. Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo -y de seguro habrá muchísimo que corregir-, pero tanto la reforma escolar como la gratuidad universitaria se instalaron como axiomas, y quien quiera echarlas abajo la tendrá sumamente difícil. Es, si se quiere, el triunfo ideológico en virtud del cual Michelle Bachelet estuvo dispuesta a jugarse todas sus fichas: popularidad personal, orden de su coalición, proyección política, alianza histórica con el centro, todo fue sacrificado en el altar de esas reformas. Así, algunos podrán argüir que -más allá de los resultados electorales y del desorden de la centroizquierda- la Presidenta logró la proeza de modificar elementos estructurales del “modelo”, y sus sucesores se verán obligados a gobernar en esos ejes (por eso fue tan lamentable el modo en que Piñera cedió la gratuidad entre las dos vueltas). Otros, los más pragmáticos, podrán aseverar que esos cambios ideológicos sirven de poco si la derecha logra asentarse en el poder por varios períodos.

Naturalmente, ambas tesis tienen algo de verdad. En rigor, en este punto exacto residen los enormes desafíos que enfrenta la nueva administración de derecha. Éstos pasan por tener un conocimiento muy fino de la batalla doctrinal que se libra sobre nuestra modernización, para poder operar así en ese campo. También se requieren altos grados de habilidad y visión política para -sobre lo anterior- ir construyendo una mayoría que pueda perdurar.

En ese sentido, nada sería más contraproducente que volver al discurso y prácticas de los noventa, cuando había binominal y los consensos eran ampliamente aceptados: Chile necesita discursos adaptados a su realidad, que no remitan acríticamente ni al pasado ni a modas ideológicas más o menos pasajeras que solo interesan a las elites. Parafraseando al ideólogo, todavía no sabemos quién dio un paso atrás para dar dos hacia adelante.

/Escrito por Daniel Mansuy para La Tercera

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